
Ahora que termina el viaje, creo que puedo decir sin temor a equivocarme que Colombia es un país que encierra dentro de sí realidades tan diferentes que bien podrían considerarse propias de otros países. Es la sensación que se percibe al observar lo distintas que son las formas de vida en la ciudad y las que se dan en los pueblos del interior.
No hay nada con más sabor que una cantina del Eje Cafetero. El viernes estuvimos en una llamada Granada, junto a la plaza de abastos de la localidad de Santa Rosa de Cabal. Ni qué decir tiene que absolutamente nada recordaba a la ciudad andaluza. Señores de piel curtida, sombrero y bigote conversaban delante de un aguardiente o de una buena cantidad de botellas de cerveza. En estos lugares el vallenato, omnipresente en la costa, deja paso a la guasca, una música para el no iniciado similar a la ranchera que suele tratar sobre el desamor. En este ambiente sólo quedan dos opciones: degustar el café, mucho menos aguado y más aromático que en el resto del país, y observar con ojo de científico a los paisanos, o dejarse llevar por la música y darse a la bebida por todos aquellos amores que no fueron correspondidos.
Como en toda Colombia, el concepto de bar, si es que existe como tal, es muy diferente al español. En realidad se trata de pequeñas tiendas en las que se venden bebidas junto a todo tipo de artículos de supermercado. Nada de jamones colgados, ni tapas, ni clientes de pie...
En Santa Rosa hay otras dos actividades que no se pueden dejar pasar... y no sabría decir por qué orden de preferencia. Una es ir a alguno de los muchos baños termales que ofrece el pueblo, la otra es probar los chorizos típicos de la zona. Al menos los del restaurante La Chimenea no defraudarán al paladar más exigente. Combinar ambas cosas debe ser un placer único que queda pendiente.
El sábado, con el estómago lleno y los músculos relajados, emprendimos camino a Pereira para pasar el día en el Parque Nacional de Otún Quimbaya. Allí, nos esperaba un cambio de planes que pasó a ser una agradable sorpresa... esos momentos que quedan vedados a los que utilizan los paquetes turísticos y en los que se siente la emoción del verdadero viaje. Decidimos llegar hasta allí aún después de dos días llamando a la Oficina de Parques Nacionales sin recibir contestación sobre el alojamiento en la reserva, cuyas instalaciones finalmente estaban clausuradas. Al preguntar en la zona nos indicaron que a treinta minutos en coche podíamos llegar a una fonda donde aparcarlo para, tras dos o tres horas caminando, llegar a un albergue en otro paraje natural, el Parque Regional Ucumarí.
Así lo hicimos. Atravesamos Otún Quimbaya, dejamos el coche en la fonda y anduvimos por una senda que sigue el cauce del río Otún. Antes de continuar debo comentar que estas reservas se encuentran en la vertiente occidental de la cordillera central de los Andes colombianos, formando el pie de monte del Parque Nacional de los Nevados, las mayores alturas que pueden encontrarse en Colombia. Desde el lugar en el que dejamos el coche hasta el nacimiento en la Laguna del Otún, a 4.000 metros de altura, se puede seguir una ruta de 19 kilómetros en la que se salvarán casi 2.000 metros de desnivel. Como sólo teníamos un día, era tarde y acabábamos de descubrirla, hicimos únicamente los primeros seis kilómetros.
El recorrido nos pareció a ambos espectacular. Sin la humedad asfixiante de la selva húmeda tropical y a una temperatura mucho más soportable, el ambiente que se respira en la selva andina es similar al de los bosques del norte de España en primavera y verano. Sin embargo, la vegetación es aún más densa y es más fácil observar fauna llamativa, como mariposas de colores, de alas transparentes o colibríes.
Además, entre las paredes escarpadas que anuncian las grandes alturas que se dan a unos pocos kilómetros asoman las palmeras más altas del mundo -que pueden llegar a superar los sesenta metros- y pequeñas cascadas demuestran que es tal la abundancia de las precipitaciones que el agua desborda las montañas.
Para pasar la noche existe un albergue de montaña, La Pastora. De madera, con chimenea y un ambiente muy agradable, ofrece habitaciones compartidas y comida. Una aguapanela -agua caliente con azúcar de caña- es la bebida ideal cuando empieza a refrescar con el atardecer.
Por desgracia, el señor que cuida las instalaciones nos contó que aquí el cambio climático es ya una realidad. Las nieves empiezan a alejarse en los Nevados y la llegada de nueva fauna es un indicador de que están cambiando las condiciones del hábitat. Un ejemplo, una serpiente de coral con la que tuve el honor de cruzarme cuando salía a observar las estrellas en la parte trasera del albergue. Sin embargo, la presencia esporádica de estas especies no puede ser un impedimento para visitar un paraje tan hermoso como el nombre del tipo de bosque que lo rodea: el bosque de niebla.
Yo pienso volver en algún momento para terminar la ruta.
Por lo pronto mañana toca regresar a Madrid, lo que no significa que termine con el blog. Tengo mucho material recogido y de aquí surgirán reportajes sobre temas diversos. Unos individuales, otros con Ana. Y creo que en el aeropuerto ya empezaré con mi tarea... a la compañía aérea se le ocurrió retrasar el vuelo, así que tendré que esperar nueve horas en Bogotá, aunque si encuentro un lugar seguro para el equipaje probablemente me acerque a visitar el barrio de la Candelaria.
En la calle un vendedor ambulante ofrece aguacates...