domingo 22 de noviembre de 2009

La Algameca Chica, "el Caribe de los pobres"

Ayer tuve la oportunidad de visitar varios rincones de la costa de Cartagena –la de España- que hacía mucho que no recorría. Fuera de los itinerarios más turísticos, el litoral que rodea a la ciudad esconde lugares que bien merecen una visita. Uno de ellos es la Algameca Chica, un antiguo refugio de pescadores que desde finales del siglo XIX ha ido creciendo hasta convertirse en el poblado que es hoy. Situado en terrenos del Ministerio de Defensa y formado por barracas construidas de forma improvisada y sin planificación, este lugar, que surgió de manera ilegal, aunque antes de aprobarse la Ley de Costas, tiene hoy día un encanto especial.
Sinceramente espero que se mantenga y que si la administración quiere fijar aquí su mirada sea para llevar agua y electricidad a unos habitantes que después de varias generaciones se han ganado el derecho a considerarse propietarios de sus casas. Sería injusto desalojarles cuando desde la propia comunidad autónoma se está propiciando la destrucción de los tramos más valiosos del litoral para su aprovechamiento por el turismo de masas.
En la ventana que hay debajo de estas líneas se puede ver un fragmento del programa que Callejeros dedicó a este rincón cartagenero, "el Caribe de los pobres", como dice una vecina, y un artículo publicado en Vegamedia Press:

Chabolas en primera línea de mar.


domingo 20 de septiembre de 2009

Edgar Morin en la Universidad de Antioquia: la ética en la política


El martes pasado tuve la suerte de poder asistir a una conferencia del filósofo francés Edgar Morin, cuando iba a ser nombrado doctor honoris causa en la Universidad de Antioquia (Medellín). Tengo que admitir que hasta la semana anterior, en que los medios colombianos empezaron a hacerse eco de su visita ofreciendo resúmenes de sus teorías, no conocía a este pensador, del que probablemente sin saberlo he bebido a través de las clases de Ciencias Ambientales y otras muchas lecturas.
En su discurso, en lugar de hablar del pensamiento complejo, su teoría más conocida, decidió centrarse en la relación entre la ética y la política. Y lo hizo delante de un público entregado que abarrotaba el teatro central del campus, lo que demuestra que el interés por el activismo político está aún muy presente en América Latina, al igual que sucede con el interés por las Ciencias Sociales; una asignatura pendiente para mi generación en España y en Europa.
Morin explicó que uno de los mayores problemas de las sociedades contemporáneas es precisamente ese individualismo que ha provocado que la participación ciudadana en la política haya pasado a un segundo plano... porque precisamente se trata de una práctica del ámbito público. De este modo, citando el lema de la Revolución Francesa -Libertad, Igualdad y Fraternidad-, comentó que sus dos primeros hitos, libertad e igualdad, no son posibles sin la fraternidad; que debe ser camino para reducir desigualdades. Es decir, la democracia por sí sola, la libertad, no es suficiente para alcanzar la tan necesaria igualdad.
Posteriormente siguió su discurso separando la "real política" de la "ideal política", términos alemanes, y criticó la primera de estas posturas: una política que considera que creer en un mundo más justo es creer en la utopía no debería ser considerada una buena política. "La renuncia al mejor de los mundos, no es la renuncia a un mundo mejor", comentó. Del mismo modo, recordó que tampoco era admisible la voluntad de imponer la armonía a la fuerza, como sucede en los regímenes comunistas.
Por eso llamó al realismo, pero al que busca eliminar la imposibilidad de llegar a un mundo mejor y abre la vía para cambiar, siempre a través de la resistencia a la barbarie. Y aquí distinguió entre dos tipos de barbarie: la vieja, más visible, la tortura, la mera destrucción, el asesinato... y la nueva, la que viene a través del capitalismo descarnado y del mero cálculo y la estadística económica, aquella que no ve al ser humano e ignora todo aquello que no es cuantitativo... que no es beneficio económico.
Por último volvió a las primeras ideas expuestas. Es necesaria la ética en la política, por lo que hace falta regenerar la solidaridad en la sociedad, evitar al poder como parásito del ciudadano.
Esta conferencia en un teatro abarrotado fue una buena despedida de Colombia, un país en el que se dan una de las mayores desigualdades de América Latina pero en el que todavía hay gente que cree que es posible el cambio a través de la implicación política...
Esta mañana paseando por Madrid decidí entrar a la casa del libro y comprar su último ensayo: Para una política de la civilización.

lunes 14 de septiembre de 2009

Descansando junto a la esperanza en la Biblioteca España


En medio de la Comuna Nororiental de Medellìn, en la que fuera una de las zonas más conflictivas de esta conflictiva ciudad, se levanta la Biblioteca España. Esto ya no es lo que era, afortunadamente, nos contaba un anciano del lugar mientras subíamos con él en el metrocable. Hace unos años, en la salida de este modernísimo teleférico que comunica el barrio con el metro de la ciudad, siete muchachos murieron en una sola noche en las guerras de bandas que se disputaban la plaza… En estos lugares es habitual el lenguaje de la guerra.
Hoy, reformado el colegio, levantada una biblioteca con las últimas instalaciones, incluido el ordenador desde el que escribo, abundan sobre todo los libros y libretas, los niños con uniforme corriendo y una energía que parece incitar al cambio y la esperanza.
Este tipo de actuación es un canto contra el escepticismo que lleva a la parálisis. Decía Ángel González que a la esperanza se la había visto en en los arrozales el sudeste asiático, en los suburbios de París "allá hacia el año mil novecientos cuarenta y tantos…" pues ahora, sin violencia de por medio, está tranquilamente sentada en un banco del parquecito en el que antes se mataban los jóvenes y en el que hoy juegan al fútbol entre carteles que la evocan… “cambio minas por esperanza”.

El bosque de niebla


Ahora que termina el viaje, creo que puedo decir sin temor a equivocarme que Colombia es un país que encierra dentro de sí realidades tan diferentes que bien podrían considerarse propias de otros países. Es la sensación que se percibe al observar lo distintas que son las formas de vida en la ciudad y las que se dan en los pueblos del interior.
No hay nada con más sabor que una cantina del Eje Cafetero. El viernes estuvimos en una llamada Granada, junto a la plaza de abastos de la localidad de Santa Rosa de Cabal. Ni qué decir tiene que absolutamente nada recordaba a la ciudad andaluza. Señores de piel curtida, sombrero y bigote conversaban delante de un aguardiente o de una buena cantidad de botellas de cerveza. En estos lugares el vallenato, omnipresente en la costa, deja paso a la guasca, una música para el no iniciado similar a la ranchera que suele tratar sobre el desamor. En este ambiente sólo quedan dos opciones: degustar el café, mucho menos aguado y más aromático que en el resto del país, y observar con ojo de científico a los paisanos, o dejarse llevar por la música y darse a la bebida por todos aquellos amores que no fueron correspondidos.
Como en toda Colombia, el concepto de bar, si es que existe como tal, es muy diferente al español. En realidad se trata de pequeñas tiendas en las que se venden bebidas junto a todo tipo de artículos de supermercado. Nada de jamones colgados, ni tapas, ni clientes de pie...
En Santa Rosa hay otras dos actividades que no se pueden dejar pasar... y no sabría decir por qué orden de preferencia. Una es ir a alguno de los muchos baños termales que ofrece el pueblo, la otra es probar los chorizos típicos de la zona. Al menos los del restaurante La Chimenea no defraudarán al paladar más exigente. Combinar ambas cosas debe ser un placer único que queda pendiente.
El sábado, con el estómago lleno y los músculos relajados, emprendimos camino a Pereira para pasar el día en el Parque Nacional de Otún Quimbaya. Allí, nos esperaba un cambio de planes que pasó a ser una agradable sorpresa... esos momentos que quedan vedados a los que utilizan los paquetes turísticos y en los que se siente la emoción del verdadero viaje. Decidimos llegar hasta allí aún después de dos días llamando a la Oficina de Parques Nacionales sin recibir contestación sobre el alojamiento en la reserva, cuyas instalaciones finalmente estaban clausuradas. Al preguntar en la zona nos indicaron que a treinta minutos en coche podíamos llegar a una fonda donde aparcarlo para, tras dos o tres horas caminando, llegar a un albergue en otro paraje natural, el Parque Regional Ucumarí.
Así lo hicimos. Atravesamos Otún Quimbaya, dejamos el coche en la fonda y anduvimos por una senda que sigue el cauce del río Otún. Antes de continuar debo comentar que estas reservas se encuentran en la vertiente occidental de la cordillera central de los Andes colombianos, formando el pie de monte del Parque Nacional de los Nevados, las mayores alturas que pueden encontrarse en Colombia. Desde el lugar en el que dejamos el coche hasta el nacimiento en la Laguna del Otún, a 4.000 metros de altura, se puede seguir una ruta de 19 kilómetros en la que se salvarán casi 2.000 metros de desnivel. Como sólo teníamos un día, era tarde y acabábamos de descubrirla, hicimos únicamente los primeros seis kilómetros.
El recorrido nos pareció a ambos espectacular. Sin la humedad asfixiante de la selva húmeda tropical y a una temperatura mucho más soportable, el ambiente que se respira en la selva andina es similar al de los bosques del norte de España en primavera y verano. Sin embargo, la vegetación es aún más densa y es más fácil observar fauna llamativa, como mariposas de colores, de alas transparentes o colibríes.
Además, entre las paredes escarpadas que anuncian las grandes alturas que se dan a unos pocos kilómetros asoman las palmeras más altas del mundo -que pueden llegar a superar los sesenta metros- y pequeñas cascadas demuestran que es tal la abundancia de las precipitaciones que el agua desborda las montañas.
Para pasar la noche existe un albergue de montaña, La Pastora. De madera, con chimenea y un ambiente muy agradable, ofrece habitaciones compartidas y comida. Una aguapanela -agua caliente con azúcar de caña- es la bebida ideal cuando empieza a refrescar con el atardecer.
Por desgracia, el señor que cuida las instalaciones nos contó que aquí el cambio climático es ya una realidad. Las nieves empiezan a alejarse en los Nevados y la llegada de nueva fauna es un indicador de que están cambiando las condiciones del hábitat. Un ejemplo, una serpiente de coral con la que tuve el honor de cruzarme cuando salía a observar las estrellas en la parte trasera del albergue. Sin embargo, la presencia esporádica de estas especies no puede ser un impedimento para visitar un paraje tan hermoso como el nombre del tipo de bosque que lo rodea: el bosque de niebla.
Yo pienso volver en algún momento para terminar la ruta.
Por lo pronto mañana toca regresar a Madrid, lo que no significa que termine con el blog. Tengo mucho material recogido y de aquí surgirán reportajes sobre temas diversos. Unos individuales, otros con Ana. Y creo que en el aeropuerto ya empezaré con mi tarea... a la compañía aérea se le ocurrió retrasar el vuelo, así que tendré que esperar nueve horas en Bogotá, aunque si encuentro un lugar seguro para el equipaje probablemente me acerque a visitar el barrio de la Candelaria.
En la calle un vendedor ambulante ofrece aguacates...

jueves 10 de septiembre de 2009

Sobre guácharos, hormigas cachonas y soldados


Mañana emprenderemos el último viaje antes de mi regreso a España. Nos acercaremos al Parque Nacional de Otún Quimbaya, un santuario de flora y fauna que, según puede leerse en Internet, se caracteriza por albergar, entre otras especies, tres variedades de monos aulladores. Finalmente nos acercaremos allí y no a los Nevados como teníamos previsto porque son menos horas de conducción y estamos cansados después de este mes de autobuses y hamacas. Así que el mal de altura y el atardecer a más de cuatro mil metros tendrán que aguardar hasta la próxima visita.
Hoy regresamos de la Reserva Natural del Cañón del Río Claro. Es difícil resumir en unas pocas líneas lo que más me sorprendió de este lugar... quizá fueran los ficus de más de 300 años, las iguanas o quizá las mariposas de un azul brillante; lo que es seguro es que el río caudaloso y transparente, gracias a un lecho de mármol, lo convierte en un espacio único. En esta misma roca miles de años de acción geológica formaron uno de los mayores atractivos de la reserva -y casi atracciones-, la caverna de los guácharos, que se puede visitar con guía. Con parte del trayecto cubierto de agua, hay que atravesar algunos tramos a nado. Pero merece la pena, entre otras cosas, por escuchar y ver a las aves que le dan el nombre: los guácharos. Con un metro y medio de envergadura se trata de aves nocturnas que habitan en colonias en el interior de cavernas como esta. Al paso del visitante aletean y emiten gritos que hacen que este se sienta como en un tren del terror natural... si bien al buscar su foto en la Red se encontrará con la imagen de un pajarito entrañable.
Para terror, el que daban unos bichos pequeños y aparentemente inofensivos: la hormigas cachonas. Parece absurdo, en una crónica tan corta y escrita de una manera tan apresurada sobre un lugar tan hermoso como Río Claro, destacar el papel de unos insectos tan insignificantes, pero ya que parece que voy coleccionando picaduras quería dejar anotada ésta para que no se me olvide en un futuro resumen -ya hablaré del jején-. El caso es que al caminar sobre ellas el turista despistado que tantas veces soy, sin haber sido advertido previamente de su dolorosa picadura, decidió pararse al sentir el que parecía el aguijón de una avispa. Y no lo era, era uno de esos jodidos -dicho con el cariño del mundo- insectos sociales. Y como buen insecto social no iba solo, así que al detenerme otras cuantas pudieron empezar a trepar por mi pierna y clavarme las mandíbulas. Afortunadamente el dolor solo dura unos minutos, de manera que la única consecuencia fue que durante dos días me fijara bien en donde ponía el pie. No hay duda de que a través del dolor también se aprende.
Pero en este último viaje hubo algo más que me sorprendió, y fue el que dejara de llamar mi atención la continua presencia de retenes del ejército en cualquier rincón de la carretera. Hace unos meses era incapaz de asimilar lo ajenos que son a su propio conflicto algunos colombianos. Hoy podría entenderlo. A todo se acostumbra el ser humano... un impulso constante en el tiempo deja de ser percibido, y eso parece suceder aquí. Llegando de España, un país en que un civil apenas ve soldados más allá de los desfiles de Semana Santa, resulta casi violento encontrarlos por todas partes nada más bajar del avión. Ese detalle, aunque venga acompañado de una fuerte campaña de marketing y carteles amigables sobre la función social que ejercen, recuerda al visitante que se encuentra en un país con unas condiciones de seguridad muy particulares, que el conflicto sigue latente, que precisamente uno puede estar aquí gracias a la fuerte presencia militar. Pero con el tiempo pasa a ser algo cotidiano. Es innegable que los problemas siguen ahí... pero el ciudadano medio ha dejado de percibirlo...

lunes 7 de septiembre de 2009

Mis primeras imágenes del Caribe colombiano

En los quince días que estuvimos viajando entre el golfo de Urabá, en la frontera con Panamá, y Cartagena de Indias, fueron muchas las imágenes dignas de captar con la cámara. Aquí subo una pequeña selección de entre las trescientas fotografías que tomé... difícil escoger...
Comunicada con el resto del mundo solo a través de las lanchas de algunos vecinos, la vida transcurre tranquila en la pequeña bahía de Sapzurro. No seríamos más de diez los turistas que paseábamos delante de los habitantes del pueblo.
Los rayos de una tormenta eléctrica iluminan en la imagen la Reserva Sasardí, en plena selva húmeda tropical.

Los atardeceres en Cartagena de Indias son de un colorido intenso. Un buen lugar para saborearlos es el Café del Mar, sobre la muralla.

Las playas del Caribe son fotogénicas. Esta fotografía fue tomada en Playa Blanca, en la tienda donde comíamos todos los días. Allí señoras como la de la imagen se encargan de vender la fruta.

En Colombia uno nunca está libre del rebusque, ni siquiera en el mar. En este caso una pequeña canoa aborda la lancha que lleva a las Islas del Rosario para ofrecer platos de langosta a los turistas.

domingo 6 de septiembre de 2009

Con mochila y sin sombrero por Playa Blanca


Después de dos semanas de viaje, esta tarde regresamos a Medellín. En cuanto pueda subiré algunas fotos propias de estos días recorriendo la costa del Caribe colombiano. Por ahora dejaré escrita la primera parte de un resumen de los últimos tres días entre Playa Blanca y las Islas del Rosario... esta vez sin sombrero. Los dejamos olvidados en la recepción del albergue de Cartagena y allí mismo desaparecieron, imagino que ahora acompañarán a otros viajeros:

Frente a nosotros el mar y su sonido acompasado, a lo largo de la playa la luz de algunas hogueras y a lo lejos unos grandes focos que indican el lugar donde una cadena de hoteles está construyendo su particular versión del paraíso. Hasta el momento permanecer en Playa Blanca, a unos treinta kilómetros de Cartagena de Indias, es adaptarse al entorno; sin luz eléctrica ni agua corriente, unas cuantas cabañas improvisadas ofrecen a los jóvenes mochileros que deciden acercarse hamacas en las que dormir -afortunadamente con mosquitero, aunque no siempre es suficiente- y tiendas de campaña. La manera de llegar es en lancha o en un largo, pero mucho más barato, trayecto por tierra.
La segunda fue la opción que escogimos, una vez más mucho más cercana a la realidad del país. En Cartagena tomamos un autobús urbano después de esperar más de media hora bajo el duro sol del Caribe. Aquí no hay paradas establecidas y a veces uno duda de que existan los horarios, así que el viajero se enfrenta a una jauría de vehículos multicolor, uno de los cuales le llevará a su destino.
A través de enormes barrios de chabolas y la ciudad más industrial, el autobús nos llevó a la localidad costera de Pasacaballos, eso sí, después de parar para subir a todos los vendedores ambulantes imaginables: de fruta, chicles, pulseras... Pero merece la pena la experiencia, aunque solo sea para contemplar de cerca el curioso sentido estético de los conductores de la zona. En este caso el chófer decidió rodearse de espejos de mil formas sinuosas, cortinillas de colores y ribetes.
Una vez en Pasacaballos hay que tomar el ferry; en nuestro caso una pequeña canoa a motor repleta de gente que nos trasladó al otro lado del río con unos más que sospechosos balanceos. En realidad el río es un canal artificial construido por los españoles, como nos contaron con orgullo unos vecinos. Al pedazo de tierra que queda separado así del continente lo llaman isla de Barú. Para llegar a Playa Blanca ya solo faltaba coger un mototaxi pagando cinco veces más que cualquier lugareño.
Intentamos evitarlo y marchar en una furgoneta por tres veces menos de lo que costaba, en realidad un gesto de orgullo porque tampoco se trataba de una cantidad significativa, pero los cuarenta minutos que iba a tardar el dueño en repararla pasaron de dos horas. Cierto que dos horas de agradable conversación con personas de la zona que aprovecharon para preguntarme mil cosas sobre España, el país del Real Madrid y el Barsa.
Finalmente tuvimos que acceder y dos motos, caída en el barro de la mía incluida, nos trajeron hasta aquí. Qué más contar... aguas color turquesa, arena blanca, cocoteros, vegetación hasta la línea de playa y pescado con patacones -plátano frito y rebozado-. Siempre debería costar tanto esfuerzo llegar a paraísos como este para que lo sigan siendo. Dudo que sea lo mismo cuando finalicen la carretera y terminen los hoteles. Ahí queda la eterna pregunta sobre el desarrollo, ¿qué será más adecuado para los vecinos?
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Esta crónica ya ha quedado muy extensa para un blog. En cuanto tenga otro momento y conexión seguiré hablando de los días en Playa Blanca y la visita a las Islas de Rosario, incluido el Parque Nacional de los Corales del Rosario.
Esta tarde estaremos descansando en Medellín para el miércoles volver a salir de viaje hacia los Nevados o Río Claro, alta montaña o selva. Volvemos al interior de Colombia... En el horizonte Madrid, gris como siempre, empieza a asomarse.