miércoles 1 de febrero de 2012

Tercer día, callejeando por la ciudad imperial II


Ya han pasado tres semanas desde que volvimos del viaje y empiezo a tener la cabeza más centrada en los proyectos de futuro cercano que en aquellos días por Marruecos. De todas formas, como no me gusta dejar las cosas a medias, voy a hacer lo posible por terminar de plasmar sobre el papel (y la pantalla) las sensaciones que recuerde antes de que terminen por difuminarse en el ajetreo de la vida diaria.

En la entrada anterior me quedé narrando la mañana de nuestro día en Fez. Después de varias horas recorriendo con prisas y sin apenas pausa la ruidosa medina vieja –Fez el Bali-, la última misión de Mohamed fue dejarnos en el restaurante de unos conocidos. Si bien el lugar no era demasiado económico para los precios que sabíamos que podríamos encontrar, el hambre apremiaba y no queríamos empezar la búsqueda de un nuevo sitio y el debate de rigor para escoger el que más nos convenciera a la mayoría. También es cierto que la terraza terminó de decidirnos. Desde la cuarta planta del edificio, que ocupa por completo el negocio, podíamos contemplar toda la ciudad: sus tejados repletos de antenas –omnipresentes en el tercer mundo… hay que huir de la cruda realidad-, las antiguas murallas, unas montañas que recordaban a Granada, la ropa tendida y las callejas formadas por edificios apretados unos contra otros.

Por un momento, el cielo completamente azul y la luz nos transportaron a casa. No había cambiado el tiempo en toda la mañana pero las calles estrechas no están echas para contemplar el horizonte sino para resguardar del sol intenso del verano, como en las zonas antiguas de las ciudades y pueblos del sur de España.

Volviendo al relato, aquella terraza alejada del ajetreo de la medina nos pareció el lugar perfecto para reponer fuerzas antes de adentrarnos, esta vez sin compañía, por aquel mundo tan familiar y desconocido a un tiempo. Entre un par de tés morunos y el correspondiente olor a hierbabuena, saboreando cus cús, tajine y ensaladas, quizá lo más llamativo fue escuchar la llamada a la oración en una población plagada de mezquitas. En un par de ocasiones, como una ola sonora, los rezos fueron extendiéndose por la ciudad vieja hasta convertirse en un solo murmullo gutural, generando una atmósfera irreal.

Bien comidos y descansados emprendimos de nuevo camino. El objetivo que nos marcamos fue llegar al antiguo barrio judio –conocido como el Mellah– orientándonos intuitivamente. Y avanzamos de nuevo entre tenderetes de todo tipo, niños corriendo por todas partes y puestos de artesanos, como los de la Plaza Seffarine, en la que los caldereros trabajan el cobre rojo. De vez en cuando una mezquita, de vez en cuando el cartel de un hamman, y tras varias calles una fuente o un anchurón formando una pequeña plaza[1]. Así, casi sin darnos cuenta, llegamos a una amplia plaza junto a las murallas en las que termina por el sur Fez el Bali, un espacio que nos recordó aliviados que el mundo era algo más que laberínticas calles.

A partir de ahí, fuera de la zona más turística, caminamos por un Fez cotidiano. Jóvenes saliendo del instituto o de centros de formación profesional, otros jugando al fútbol –siempre el fútbol en cualquier parte del mundo–, señoras con el carro de la compra y puestos en los que se cocinaba carne entre grandes bocanadas de humo nos mostraban el verdadero pulso de la ciudad. También nos cruzamos con el río contaminado, mostrando lo que hay detrás de las grandes aglomeraciones urbanas de los países pobres –no tan diferente del río Segura de hace quince años–, y con un Mac Donalds que hacía un guiño al mundo árabe ofreciendo pan pita y hamburguesas de cordero.

Antes de entrar en el Barrio Judío, construido fuera de la muralla y cuyos balcones de madera gritaban que otra cultura había levantado sus edificios, nos desviamos para pasear por la medina nueva o Fez el Jedid –si algo del siglo XIII puede serlo– y comprar dulces. Las abejas entre las pequeñas delicias de pistacho, miel y dátiles en lugar de espantarnos parecían certificarnos que merecía la pena probar una nutrida selección.

Allí tuvo lugar una escena sencilla que daba qué pensar. Una niña de unos ochos años que volvía de la escuela y seguía nuestro mismo camino empezó a conversarnos sonriente. Resulta al menos llamativo que en una Europa en la que alardeamos de la seguridad de nuestras calles cada vez sean menos los padres que dejan a sus hijos salir a jugar sin compañía adulta, mientras que en los poco iluminados barrios de Fez, que para muchos podrían ser sinónimo de riesgo, los niños se muevan tranquilos y a sus anchas correteando de un lado para otro.

De nuevo en la zona hebrea, abandonada hace décadas por sus pobladores originales, nos dirigimos a la antigua sinagoga. Curiosamente es una familia musulmana la que se encarga de conservarla y mostrársela a los curiosos que se acercan por allí. Una de las hijas nos contó en inglés los curiosos rituales que tenían lugar en su interior, como el baño de purificación de las mujeres. En un pequeño habitáculo bajo la sala principal se bañaban algunas mientras a través de una falsa losa levantada para la ocasión contemplaban la escena el resto. Quién diría que en un templo como ese pudieran darse situaciones con un punto tan “voyeur”…

De vuelta al hotel paramos a echar unas fotos frente al palacio real. En este imponente edificio del siglo XIV, entre azulejos geométricos verdes y azules –los colores del Islam- y puertas de bronce, se usa ostentación más descarada para legitimar el poder.

Para terminar el día, camino del hotel, nos tomamos otro té en la terraza de un salón social lleno solo de hombres en los que el fútbol una vez más –en este caso el Barça– era el protagonista.



[1] Todo barrio árabe que se precie dispone de mezquita, hamman –o baño-, fuente, horno y escuela.

viernes 20 de enero de 2012

Tercer día, callejeando por la ciudad imperial I


A Fez habíamos llegado ya con muchas historias de familiares y amigos convertidas, después de mucho conversarlas, en prejuicios y fantasmas. Todas coincidían en un aspecto: como se trata de una de las ciudades más conocidas de Marruecos, muchos de los habitantes de las zonas más visitadas basan su economía en lo que pueden sacar de una manera o de otra de los turistas, por lo que los vendedores y guías, ya de por sí insistentes en cualquier lugar, se muestren aquí especialmente pertinaces –por no decir “cansinos”– a la hora de ofrecer sus productos o servicios. 

Quizá esa fue una de las razones que nos hizo inclinarnos por contratar a un guía para adentrarnos en la medina y que nos llevara, al menos por la mañana, por los lugares más curiosos de unas calles –más de 9.400– que ya en los mapas se nos antojaban un laberinto. Lo cierto es que no fue demasiado difícil dar con él. En cuanto pusimos un pie frente a Bad Boujloud, la puerta principal de la medina vieja, ya teníamos a Mohamed intentando convencernos de que no existía otra manera de visitar la ciudad más que siguiendo sus consejos.

Lo de menos fue que nos enseñara un carnet amarillento y raído que supuestamente le acreditaba como guía oficial, o que tras regatear sacáramos por 150 dirham sus servicios –apenas cuatro euros cada uno–; lo cierto es que de alguna manera a pesar de su insistencia nos inspiró confianza. Con cara de aburrimiento aguantó de mal humor que  nos apartáramos un momento para terminar de decidir entre los cuatro.

Una vez cerrado el trato, nuestro nuevo anfitrión temporal no permitió que le pagáramos por adelantado, advirtiéndonos que no debíamos ser tan confiados porque otra persona menos honesta que él podría haber aceptado y desaparecido con facilidad con el dinero. Unos momentos antes de empezar con la visita nos dio una serie de indicaciones como echar fotos directamente solo a quién él nos indicara explícitamente.

Dicho esto comenzamos una vertiginosa visita por Fez el Bali, la medina vieja. Y es que si las ciudades marroquíes se dividen normalmente en dos partes, la medina y la ciudad nueva –esta última diseñada en el siglo XX por los colonizadores europeos–, Fez, la más antigua de las ciudades imperiales, lo hace en tres: Fez el Bali, o la medina vieja; Fez el Jedid, llamada la nueva –lo que no debe llevar a engaño porque comenzó a levantarse en el siglo XIII–, y la Ville Nouvelle, construida ordenadamente por los franceses en el siglo XX.

Desde ese momento lo que más vimos de nuestro guía fue la espalda, rigurosamente tapada por una chilaba, mientras avanzaba seguro por calles y callejas y nos animaba a seguirlo presuroso. Eso no impidió que se detuviera en todos los puntos que consideraba de interés lanzando comentarios certeros como dagas que pretendían acabar con nuestra curiosidad para finalizar lo antes posible su trabajo sin incumplir el itinerario pactado. Tampoco dudaba en indicarnos los mejores ángulos para las fotografías, rompiendo de paso la ilusión de conseguir una perspectiva original de objetos y escenarios captados millones de veces por fotógrafos aficionados y profesionales.

“Una ciudad de colores, olores y sonidos”

Mohamed avanzaba delante de nosotros como una especie de buque rompehielos apartando con la mirada a los vendedores que desde lejos nos veían como una potencial fuente de ingresos. Así pasaron ante nuestros ojos miles de tenderetes clónicos, fuentes de azulejos, edificios polvorientos de vigas talladas magistralmente, calles por las que apenas cabría una persona de lado, hilos de colores, puertas de palacios que debían ocultar riquezas o decadencia, zocos de ropa para mujeres, de ropa vieja, tiendas especializadas en la venta de aceitunas… un deambular de vez en cuando interrumpido bruscamente por burros que atravesaban la calle sin bacilar tirados de sus dueños y transportando desde finas telas hasta bombonas de butano. Y es que en las estrechas calles de la medina no están permitidos los vehículos a motor.

La lista de curiosidades que nos ofrecía Fez el Bali era interminable: dentistas tradicionales que anunciaban sus servicios mediante vitrinas llenas de dentaduras postizas; escuelas infantiles en las que un extraño Mickey Mouse convertido al Islam anunciaba que en su interior se enseñaba a niños atentos los versos del Corán por mera repetición, o artesanos trabajando la madera, el mármol o el metal, algunos solitarios y ensimismados en su labor, otros rodeados de manadas de turistas pero intentando mantener a duras penas y con mirada de disgusto su intimidad. Todo circulaba vertiginoso, sazonado con nuevos olores y sonidos, difícil de ser asimilado.

Entre muchas otras, una escena que nos resultó bastante llamativa fue la que tenía lugar en la sala trasera de hammam o baño árabe. Pocas veces pensarán los aficionados a estas saunas que detrás del vapor relajante está el duro trabajo de alimentar continuamente con serrín unas viejas calderas.

Puede parecer extraño pero esas imágenes de la vida cotidiana dejan más huella en el visitante que los grandes monumentos que nadie se debería perder en una ciudad Patrimonio de la Humanidad que desde hace doce siglos es el corazón religioso y cultural de Marruecos. La Madrasa Bou Inania, pomposa y recargada; el curioso Reloj de Agua con un indescifrable mecanismo que marcaba puntualmente las horas en el siglo XIV; el Mausoleo de Moulay Idriss II, o la Mezquita y la Universidad Karauiyin, que con sus catorce puertas y dieciséis naves forman el centro de educación superior más antiguo del occidente mediterráneo, maravillan en su momento pero se entremezclan entre sí en el recuerdo.

Quizá algunas de estos lugares no se luzcan demasiado porque, a diferencia de lo que sucede en otros países musulmanes y turísticos como Turquía, en la mayoría de los centros de culto de Marruecos no está permitido el paso las personas que no profesen esta religión, por lo que los turistas tienen que conformarse con fotografiar el interior desde la puerta. A pesar de eso pudimos contemplar en algún caso el ritual de la ablución, la ceremonia por la cual antes de orar los fieles deben lavarse para purificarse, y por este orden, muñecas, boca, nariz, cara, brazos, cabeza, orejas y pies.

Un momento agradable fue el percibir un cierto toque del sur de España al adentrarnos en el barrio andalusí. Levantado en el siglo IX por 20.000 familias que huían de una matanza llevada a cabo por un emir de Córdoba contra sus propios súbditos, lo primero que llama la atención de este lugar es que las casas, contradiciendo las costumbres del resto de la medina, se muestran extrovertidas con grandes ventanas que dan directamente a la calle, recordando el carácter andaluz.

Si en algún momento nuestro recorrido junto a –o tras– Mohamed se ralentizó fue pagando el tributo que ya nos habían advertido visitando dos tiendas con las que debía tener pactado un reparto de beneficios. No obstante no fue tiempo perdido, una era una antigua farmacia en la que nos mostraron todo tipo esencias, especias y plantas medicinales; la otra un telar artesanal.

Sobre turistas japoneses y curtidores tradicionales

Después de las compras de rigor, nos dirigimos al barrio de los curtidores de Eshouara, una de las estampas más conocidas de Fez. Si a veces las manadas de turistas de los viajes organizados siguiendo a sus guía hacían que nos sintiéramos en un parque temático, ésa sensación se acrecentó en una de las tiendas cuyos balcones dan a esta gigantesca curtiduría al aire libre donde decenas de hombres trabajan y tiñen el cuero metidos en cubetas de ladrillo de todos los colores. Parecía que las ventanas repletas de japoneses curiosos disparando una y otra vez sus cámaras digitales eran máquinas del tiempo desde las que contemplar una práctica que no ha debido variar mucho desde que estas factorías empezaran a funcionar en el siglo XVII:

“El proceso comienza con la llegada de un burro cargado de pieles de oveja, cordero, dromedario o camello a las puertas del Suq, donde los curtidores descargan la mercancía amontonando todos los pellejos en el recinto. El proceso es largo, pasando por varias etapas de las que se encargan los distintos operarios de la curtidería. Siguen utilizando los mismos métodos y procesos milenarios. Primero el trabajo de río, porque allí se curan las pieles, después se engrasan y se las da el color, terminando con el secado al sol sobre los tejados próximos.
El turista puede hacer un seguimiento completo del proceso desde las terrazas de algunas tenerías. Así veremos excavadas en el suelo pequeñas piscinas con sal donde se dejan las pieles aún con pelos, para prepararlas.
Después, tras exponerlas al sol, reciben 3 baños de cal para, seguidamente se les da más consistencia embadurnándolas con orina y excrementos de animal, y finalmente, se sumergen en las tintas dispuestas como una caja de colores, donde se tiñen todas las pieles”[1].

A pesar de todo, las medinas de Fez no son un parque temático; allí viven más de 300.000 personas que pasan su vida entre sus muros, y a poco que el visitante sale de los caminos indicados en las guías lo comprueba. Pero de eso ya hablaré en la segunda parte de esta crónica.  


[1] Información recogida de http://www.greturviajes.com

viernes 13 de enero de 2012

Segundo día, adentrándonos en las entrañas del Atlas Medio


Nuestros teléfonos móviles sonaron varias veces aquella mañana para despertarnos pero ninguno de nosotros se movió más que para apagarlos y seguir durmiendo. Después de la mala noche que habíamos pasado en el ferry, la habitación cuádruple del hotel Dauphine nos pareció una suite de lujo y nos costaba apartar las sábanas y ponernos en pie, así que la jornada comenzó una hora después de lo previsto.

Por lo rápido que nos dirigimos a la confitería más cercana, que ya habíamos visitado la tarde anterior, parecía que nos movía más el probar los baratísimos dulces marroquíes –algunos hechos imitando el estilo de los colonizadores franceses- que el adentrarnos en el parque nacional Tazzeka.

Con el hambre calmada y una vez en el coche no nos costó demasiado orientarnos y adentrarnos en este paraje natural. Allí nos esperaban paisajes salpicados de lentiscos, robles, encinas, alcornoques y sabinas que nos harían sentir como en casa. Pero también al final del día formaciones de cedros, una conífera de gran tamaño que se empeñaba en recordarnos que estábamos en el norte de África, en las primeras estribaciones del Atlas Medio, el comienzo de las cordilleras que marcan Marruecos de Norte a Sur.

A lo largo del camino encontramos las cascadas de Ras el Ued, pastores y pequeñas aldeas llenas de niños correteando por todas partes en los que las casas de adobe parecían salir de la tierra para rodear mezquitas que destacaban por el blanco del encalado. Contrastando con la religiosidad que evocaban los alminares apuntando al cielo, siempre dispuestos para llamar a la oración, en uno de los miradores en los que paramos nos sorprendió descubrir decenas de botellas de cerveza vacías esparcidas por el suelo. Prohibida por el Islam la ingesta de alcohol parece ser un vicio oculto que se practica en secreto en Marruecos.

Siguiendo la ruta prevista, a lo largo del camino, nos cruzamos con más niños todavía: cuidando el ganado, jugando al fútbol en las afueras de las aldeas e incluso pidiéndonos algún regalo con la mirada cuando nos deteníamos a hacer alguna foto. El campo marroquí, ese día bañado por un sol solitario en un cielo sin nubes, es joven como debía serlo el campo español hace cincuenta años.

Pero lo más llamativo del día no tuvo lugar a la luz de ese sol sino bajo la superficie. La composición calcárea de la roca, como sucede en la Sierra del Segura, forma en este macizo un paisaje kárstico propicio para la presencia de grandes grutas. Aunque al parecer hay otras que resultan más entretenidas para los aficionados a la espeleología, para los turistas están bien adecuados los primeros tres kilómetros de la sima del Friouato. En el recorrido semicircular que surca el parque nos la encontramos señalizada a la derecha a los pocos kilómetros de comenzar una gran llanura.

Como la zona está muy poco poblada nos sorprendió que frente a la entrada de la cueva hubiera un pequeño centro de información turística coronado por una humilde cafetería con terraza. Allí pudimos contratar por unos pocos dirham a un guía que nos acompañó por las entrañas de la tierra.

El comienzo del itinerario resulta muy curioso porque, tras atravesar una puerta que parece no llevar a ningún lado, empieza a bajarse por una escalera de piedra hasta salir a una gran cavidad. Desde allí se veía un camino repleto de escalones hasta el fondo –quinientos según nos dijo el guía, quinientos cuatro según Mariano- a través de una gran sima que podía tener unos doscientos metros de profundidad y por cuya abertura entraba ya lejana la luz del sol sobre nuestras cabezas. Tras bajar el largo trayecto zigzagueante se llegaba a un agujero estrecho por el que había que reptar y que ocultaba las grandes salas que íbamos a encontrar al otro lado.

Durante los tres kilómetros de estalactitas, estalagmitas, paredes goteantes y charcas subterráneas fuimos conociendo los secretos de aquellas profundidades en un curioso diálogo con nuestro anfitrión en el que parecía no tener demasiada importancia no hablar el mismo idioma. Algunas estancias se asemejaban a naves centrales de originales catedrales góticas con extrañas formaciones que incluso parecían imitar órganos de tubos, y nos pareció ver, entre las sombras que originaba la luz de las linternas contra las paredes, caballos, dragones e incluso tartas de cumpleaños. Según nos comentó el guía, algunas salas podían tener hasta setenta metros de altura por lo que uno podía imaginarse tres cuartas partes de torre de la catedral de Murcia levantadas en su interior.

Aunque el camino no resultaba demasiado difícil, para completar la visita en algunos momentos nos tocó hacer equilibrios sobre tablones para atravesar los lugares más encharcados. Pero sin duda la experiencia mereció la pena.

A la salida, tras remontar los quinientos escalones de rigor –o quinientos cuatro-, nos repusimos con un té moruno en la terraza, curiosamente con reggaeton sonando en una vieja radio. De vuelta al coche terminamos el recorrido por el parque nacional, no sin antes parar en una de las curvas de la carretera para contemplar tranquilamente la nieve en algunas de las cumbres que se adentran aún más en el Atlas. Después vino de nuevo la autopista que retomaríamos para pasar esa noche en Fez.

Llegar a esta ciudad considerada centro religioso y cultural de Marruecos fue para nosotros como adentrarnos en un mundo distinto. Como era tarde decidimos buscar uno de los hoteles baratos que señalaba la guía en una de las grandes avenidas de la ciudad nueva en lugar de adentrarnos por las callejas de la medina. Al final ni fue tan sencillo encontrarlo como pensábamos ni era tan barato así que en su lugar subimos de categoría y, cansados de dar vueltas, nos alojamos en el hotel Sofía. Sus cuatro estrellas no eran equivalentes a las que hubiéramos encontrado en España pero afortunadamente el precio tampoco. Por poco más de diez euros cada uno, nos alojamos en dos habitaciones dobles bastante cómodas.

En cuanto al ambiente que se respiraba aquella noche en la Ville Nouvelle, la parte de la ciudad que los franceses construyeron durante el protectorado imitando los bulevares y grandes avenidas ordenadas de sus ciudades, este distaba mucho de lo que al día siguiente nos encontraríamos en la medina. Mujeres con vaqueros y sin velo, y parejas de novios en los bancos, nos mostraban una vez más que cualquier ciudad esconde muchas otras en su interior. Eso sí, lo los salones de té se encontraban como siempre repletos únicamente de hombres.

Aquella noche disfrutamos como nunca de una cerveza en un bar de hotel que entre humo y personas solitarias en la barra parecía evocar películas de espías e intriga en la Segunda Guerra Mundial.

Información útil:

Parque Nacional Tazzeka.
Lo mejor es seguir la carretera local S311, que parte de Taza
y que regresa, después de completar un semicírculo, a la autopista
de Fez.

Hotel Sofía.
Avenida Hassan II. Fez.
Precio de dos habitaciones dobles: 1000 dirham.
(90 euros en total aprox., 23 euros por persona aprox.).

lunes 9 de enero de 2012

Primer día en Marruecos, atravesando el espejo


Después de cinco días viajando por Marruecos no sé ni por dónde empezar esta pequeña crónica. Es la segunda vez que me adentro en este país y en lugar de darlo por visitado y tachado en el mapa, como me sucede con otros lugares, cada visita hace que me apetezca aún más planear la siguiente.

Lo cierto es que ésta en particular no fue organizada con demasiada antelación. El día anterior al viaje no habíamos decidido todavía, entre los cuatro amigos que participaríamos, si cruzar el estrecho por Melilla o por Ceuta y nuestra principal discusión era si hacer un viaje de naturaleza o cultural. Al final, después de indagar sobre varias opciones, y ante la falta de acuerdo, nos dimos a la improvisación; ayudados, eso sí, por una guía de viaje y un mapa de carreteras que Jose acertadamente compró por su cuenta.

El mismo uno de enero, turnándonos al volante para acostumbrarnos a la conducción del coche de Juan, salimos para llegar justo a tiempo a Almería para coger el ferry de Melilla de las once y media.

Después de recorrer el barco por dentro y ver perderse desde la cubierta las luces de la alcazaba de la ciudad andaluza, que se alejaba como una promesa de lo que nos esperaba, nos metimos en el camarote para discutir una vez más cuál podía ser nuestro primer destino. Entre las posibilidades barajábamos el bajar directamente hasta el desierto y alojarnos en el albergue la Baraka, el pasar el día siguiente en Alhucemas y recorrer con tranquilidad el Rif, o el acercarnos a Fez y conocer sus alrededores. Para no perder la costumbre nos acostamos sin una decisión. Esa noche maldormimos acunados por los inquietantes balanceos del ferry.

Por la mañana nos despertó un mensaje por megafonía con suficiente antelación como para contemplar la llegada a Melilla y un amanecer repleto de azules desde la misma cubierta desde donde habíamos visto alejarse la Península. A nuestro alrededor algunos marroquíes miraban con anhelo aproximarse las murallas de la Ciudad Vieja, quizá pensando que no deja de ser paradójico que una alcazaba árabe sea la última imagen de Europa y una fortaleza cristiana la primera de África.

Una vez en la ciudad autónoma nos encontramos con la hermana de Juan y su pareja, quienes nos dieron algunos consejos útiles para movernos por Marruecos. También compramos agua y, después de intentar cambiar euros por dirham en varios bancos, conseguimos moneda local en un comercio muy conocido en la zona que hace las veces de casa de cambio. Fue curioso comprobar cómo entre frutas y cajas de detergente surgían como por arte de magia fajos de billetes marroquíes.

Cumplida esa parte del protocolo del viajero, nos dirigimos a la frontera, un lugar aparentemente desordenado donde se recrean todas las ideas preconcebidas almacenadas en la imaginación durante años. Es en esta tierra de nadie donde los tópicos cobran vida y se reproducen una y otra vez en escenas que parecen cotidianas para marroquíes y melillenses pero que impactan al que llega por primera vez. Mantas en el suelo ofreciendo cualquier cosa vendible, personas cargadas de bolsas con productos que difícilmente se encuentran al otro lado de la valla, camiones repletos de personas hasta lo inimaginable, basura por todos lados, coches adelantándose entre sí con extrañas maniobras y pitidos espontáneos e individuos que ofrecen los documentos de extranjería a cambio de dinero. Todo sucede muy rápido, todo es estridente.

Afortunadamente sería lo más caótico a lo que nos enfrentaríamos en toda nuestra estancia en Marruecos, así que una vez superada la prueba en cierto modo pudimos relajarnos. Antes, mientras nos acostumbrábamos al tráfico sin normas escritas de los países árabes, decidimos por fin que nos dirigiríamos a Fez. A lo primero nos ayudó que Juan condujera un todoterreno capaz de intimidar hasta a los mismísimos taxistas, a lo segundo un pacto tácito para combinar cultura y naturaleza.

De camino a Fez nos adentramos por la Plaine de Gareb, una seca llanura interior en la que se alternaban junto a la carretera campos de cereal, olivos y matorrales que nos recordaban que no habíamos salido del Mediterráneo. De hecho, esa fue una sensación que nos acompañó todo el viaje; al menos geológica y biológicamente el norte de Marruecos es una especie de imagen especular de la Península Ibérica. En definitiva la cordillera del Rif, que atraviesa gran parte de esta zona del país vecino, no es otra cosa que una continuación de la Cordillera Penibética. Es decir, el sur de España y el norte de Marruecos, aunque separados por el estrecho de Gibraltar, están marcados por la misma formación geológica. De hecho, de confirmarnos esto último se encargaba Mariano que, aficionado a la montaña, no dejaba de identificar paisajes idénticos a rincones que ha recorrido en Andalucía.

Cuando el hambre ya no nos dejaba alternativa paramos en Hassi-Ouenzga, en realidad un montón de casas rodeando la carretera. Allí comimos en el primer lugar que encontramos. Como la zona no es muy turística las personas que nos atendieron no hablaban ni español ni francés así que tuvimos que arreglárnoslas señalando en el fuego lo que nos apetecía comer. Además del tajín, el té moruno y el pan marroquí, la simpatía de los dueños del local –un hombre y una mujer- nos dejó un buen sabor de boca. También ayudó el que la muchacha, siempre risueña, quisiera enseñarnos algunas palabras en árabe señalando las fotografías de nuestra guía de viaje.

Esto último nos sirvió para ser conscientes, por primera vez a través del lenguaje, de lo que nos hemos influido mutuamente durante siglos de conquistas y comercio los vecinos de las dos orillas del Estrecho. En este sentido, nos sorprendió que la palabra “carro” se utilizara en ambos idiomas –luego he leído que es una palabra del árabe marroquí importada del castellano- o que el “ouad”, que ya habíamos leído en varios carteles para señalar los ríos, fuera el origen del “guad” que antecede al nombre de los ríos del sur de España.

Y cada vez más orgullosos del viaje emprendido continuamos por la carretera atravesando la llanura solitaria… solitaria hasta que una imagen nos hizo pensar por un instante que todo había sido una alucinación o un buen sueño. En medio de la nada, sin ciudades ni chalets, nos cruzamos con una modernísima autopista que no aparecía en nuestro mapa de carreteras. Tan moderna que por un momento nos sentimos de nuevo en el Valle del Guadalentín saliendo de Murcia camino de Almería. El paisaje era exactamente el mismo, la carretera idéntica.

Sabiendo que quedaba aún un buen trecho hasta Fez, pensamos que lo mejor sería parar a pasar la noche en una ciudad más cercana pero antes nos desviamos del camino para visitar una vieja kasbah señalada por un cartel en plena autopista. Las kasbah o alcazabas no son otra cosa que recintos fortificados en los que se resguardaban en otro tiempo guarniciones militares; de eso sabemos en España por las que todavía coronan las montañas de Málaga o Almería, incluso en Murcia por los restos de muralla de la que defendía Cartagena rodeando el Parque Torres. En este caso, en estado de ruina, la kasbah había sido aprovechada para levantar en su interior viviendas. Aunque muchas estaban abandonadas y ya no se mantenían en pie, en otras las antenas parabólicas indicaban que quedaban algunas familias habitando entre pedazos de murallas y piedras centenarias.

Como el día había sido largo y empezábamos a estar cansados pasamos poco tiempo más en la carretera y paramos para buscar un lugar donde dormir en la ciudad de Taza. Allí encontramos el hotel Dauphine. Quizá no fuera el mejor alojamiento del mundo pero el precio era muy asequible y, tal y como nos dijimos al día siguiente, a todos nos pareció pasar la mejor noche posible.

No obstante, y aunque ya había anochecido, antes de dormir fuimos a dar una vuelta por la medina, el barrio antiguo de toda ciudad árabe que se precie. Quizá uno de los mayores intereses de Taza es precisamente que al no tener ningún interés en particular no es un foco de atracción turística, por lo que su medina y su zoco mantienen un aire genuino en el que el ajetreo es el de los propios comerciantes y habitantes de la zona y no el de los turistas. Este aspecto también se nota en los precios, mucho menores que los que nos encontraríamos más tarde en Fez.

Allí nos empezamos a acostumbrar a las miradas recelosas de algunos marroquíes que prefieren no salir ni de lejos en las fotografías de los visitantes, a caminar por calles estrechas y poco iluminadas, a los olores y colores de las especias, a los corderos colgando sin piel en las carnicerías, a las decenas de peluquerías abiertas hasta tarde, a las mezquitas vetadas a los occidentales pero con las puertas abiertas invitando a curiosear desde fuera o a las teterías repletas solo de hombres.

Ya nos habíamos acercado a la cultura árabe así que para mantener el equilibrio y contentar los intereses de los cuatro al día siguiente haríamos turismo de naturaleza adentrándonos en el cercano Parque Nacional Tazzeka, aunque de eso ya hablaré en otro post. 


Información útil:
Hotel Dauphine.
Tel: 0035 67 35 67
Place de L'Independence. Taza.
Precio habitación cuádruple: 450 DH (aprox 40 euros / 10 euros por persona). 


Ferry Almería-Melilla
Compañía: Acciona Transmediterránea
http://www.trasmediterranea.es
Precio aproximado por persona en camarote cuádruple: 41 euros.
Precio aproximado por vehículo: 105 euros.

lunes 12 de diciembre de 2011

La Ruta de Miller, caminando por la Sierra del Segura

En esta entrada incluyo las fotos que tomé este fin de semana en la Sierra del Segura. Ésta, junto a las de Cazorla y Las Villas, forma el espacio protegido más extenso de España, acumulando figuras como la de Parque Natural, Reserva de la Biosfera y Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA).

Además de por su gran valor biológico y cultural, la zona es interesante por los fenómenos y paisajes a los que da lugar la interacción entre el agua y la naturaleza caliza de sus rocas que, además de formar espectaculares cañones y gargantas, genera grandes depósitos subterráneos. Al encontrarse en un lugar en el que las precipitaciones son especialmente abundantes, la región almacena una gran reserva de agua en la que nacen dos de los ríos más importantes del sur de la península: el Segura y el Guadalquivir. 

El caso es que esta fue una excursión improvisada por un amigo el sábado por la tarde y llevada a la práctica el domingo por la mañana después de dormir en un camping cercano al punto de partida. Por el camino nos encontramos pastores y lugareños que amablemente nos indicaron la mejor manera de continuar nuestro camino. 

Lo peor fue soñar entre el frío con las migas que íbamos a comernos en el bar de Marchena, sobre todo después de haber visto limpiar una gran sartén a la salida de Miller, y encontrar el local cerrado. En su lugar tuvimos que conformarnos, prescindiendo un rato de unos guantes que se hacían imprescindibles, con el embutido que guardábamos en las mochilas y un poco de pan. 

Incluyo abajo la descripción y el mapa de la ruta, extraídos de la web Al trote cochinero.


Desde la escuela de Miller, retrocedemos unos metros para coger de frente el PR-a-99 que cruza el barrio de Triana y nos lleva hasta La Muela. Seguir la carretera asfaltada hasta Marchena. Antes de la entrada a Marchena, a la derecha existe un depósito de agua al que llega una toma de agua de un barranco cercano, que remontamos por senda hasta una balsa seca con unos tornajos de metal que enlaza con el PR-A-101, que seguimos unos minutos para abandonarlo cerca de la era empedrá. Desde aquí siguiendo dirección NE y tomando como referencia el Pico de Miller alcanzamos la era del Lastonar. El descenso se hace por el PR que nos deja de nuevo en Miller.



jueves 8 de diciembre de 2011

Fotos de una semana en Ámsterdam (y alrededores)

Fotos de una ciudad en que las escaleras de los albergues juveniles tienen más peldaños de madrugada que por el día... También de Brujas y de otros lugares de los alrededores.

martes 29 de noviembre de 2011

Caminando por los dominios del fartet

Este fin de semana estuve paseando y echando fotos con unos amigos por el paraje del río Chícamo, un lugar especialmente conocido por los naturalistas de la Región de Murcia por su interés geológico, faunístico, botánico y paisajístico. Este pequeño río atraviesa en unos pocos kilómetros por angostos desfiladeros que paradógicamente se han formado con el paso del tiempo, y la insistencia obstinada del fluir del agua, cortando los sedimentos de un cauce fluvial que hace 10 millones de años desembocaba en este mismo lugar. Es decir, lo que ahora es el interior de la región era la costa del Mediterráneo en un tiempo en que los humanos no eran ni siquiera un proyecto -aparecimos hará unos 140.000 años-. 

Así que los habitantes de Macisvenda, una pedanía de Abanilla cerca de la cual se puede comenzar esta pequeña ruta, hace rato que se quedaron sin playa y se tienen que contentar con visitar los corales... fósiles. Sin embargo, parece que no la echan en falta los jubilados ingleses y alemanes, más interesados por los baños de sol que por los de mar. Para ellos el clima cálido del lugar en otoño e invierno es más que suficiente para aislarse en estos parajes áridos y aparentemente inhóspitos. Al menos eso indican carteles en los que las casas no se venden sino que están "For sale".

Aunque quizá lo que más llame la atención de este espacio natural, además de los barrancos que atraviesa el río, sea la presencia en sus remansos del fartet, un pez pequeño en peligro de extinción entre cuyas características más curiosas está el ser capaz de vivir tanto en agua dulce como en agua hipersalina. Aunque antes podía encontrarse en casi todos los cauces fluviales del levante, incluidas las acequias de la huerta de Murcia, la degradación de la calidad las aguas, la pérdida de hábitat y la introducción de especies exóticas como la gambusia han hecho que haya quedado relegado a unos pocos reductos en los que a duras penas sobreviven unas exiguas poblaciones. 

De hecho, el único cauce continental murciano en el que sobrevive es en el de este humilde cauce fluvial de origen subterráneo. Humilde pero un auténtico oasis en medio de un paraje tan árido que algunos lo conocen como la "Palestina murciana". Desde luego palmeras, cárcavas, sol, olivos y granados no le faltan. De hecho la localidad de Macisvenda vista desde la carretera de regreso al Caserío del Chícamo del que partíamos se asemeja a un pueblo de belén navideño rodeado de montañas peladas.

Pero ahí tenemos una asignatura pendiente los habitantes de la región. Obsesionados con la falta de agua -que luego en realidad queremos para regar los campos de golf de proyectos urbanísticos que ya parecerían horteras en los sesenta- despreciamos los paisajes áridos que nos rodean, cuando estoy seguro de que cualquiera volvería emocionado si los viera exactamente iguales en Túnez o en Egipto. En parte por eso, en parte por la promesa del dinero fácil, a muchos no les ha importado su destrucción e incluso han sido cómplices, y lo seguirán siendo, apoyando a políticos y promotores sin escrúpulos.  

El desierto tiene su encanto como puede apreciarse en las últimas fotos de la selección que presento más abajo. Hasta que no nos demos cuenta no nos importará vender nuestra tierra y permitir auténticas salvajadas urbanísticas como el proyecto de Marina de Cope... pero esa ya es otra historia.

Para profundizar: