lunes, 2 de mayo de 2011

Primeras impresiones de La Habana


Éstas son las impresiones que recogí en el diario de viaje el día que llegamos a Cuba:


La Habana, 18 de abril de 2011

Hay días en que es más complicado resumir lo vivido y sentido sobre el papel, y este es uno de esos. Desde que empezamos a pensar en venir a Cuba sabía que este viaje no iba a ser uno más. Este país no se parece a ninguno que haya visitado antes y sin embargo representa para mí más que otros. Recuerdo que estaba en la escuela cuando un amigo habló por primera vez del comunismo repitiendo algo que debía haber escuchado en casa: Fidel Castro había salvado a Cuba de ser la casa de putas de Estados Unidos. En aquel momento yo no sabía muy bien ni qué era una puta pero el nombre de la pequeña isla quedó grabado en mi mente envuelto por un halo de misterio.

Con el tiempo fui interesándome por la política y en la adolescencia Latinoamérica, sus revoluciones, sus esperanzas y el terror de las dictaduras apoyadas por Estados Unidos fueron formando parte de mis mitos personales a golpe de acorde de Silvio Rodríguez o de versos de Benedetti o Neruda; nada demasiado original por otra parte. Cuba ya no era misterio sino símbolo de resistencia y dignidad.


Mucho ha llovido y mucho más he leído desde entonces, también sobre los horrores de los regímenes totalitaristas de cualquier signo. Mis valores siguen intactos pero creo aún más firmemente que las injusticias sociales se deben combatir a través de una ciudadanía más formada e informada que exija profundizar en la democracia y no mediante una represión que genere dolores de otro tipo.


Volviendo a lo que nos ocupaba, como en todos los grandes viajes la salida no fue fácil. Nuestro primer avión, el que nos llevaría a Panamá, se retrasó y fui consciente por primera vez de lo que significa una visa de trabajo colombiana. Hoy fue más complicado que nunca atravesar los controles de inmigración, esas barreras infranqueables para tantos que los europeos no percibimos porque se abren como por arte de magia a nuestro paso. En Medellín me hicieron responder a un incómodo cuestionario aplicado sin ninguna cortesía por el funcionario de turno; en la aduana de La Habana otro me sorprendió llamándome por mi nombre y llevándome ante una “compañera” que me preguntó hasta el último detalle de mi estancia. Unos momentos antes, nada más bajar del avión, habíamos escuchado cómo era interrogado un viajero nicaragüense que no tuvo más remedio que revelar hasta la religión que profesaba. Lo último que supimos fue que lo llevaron a una habitación independiente del hall principal.

Finalizado el mal trago, al menos para nosotros, tocó cambiar el dinero a pesos convertibles y tomar el taxi que nos llevaría hasta la casa en la que nos estamos alojando en Centro Habana [el texto fue escrito en el primer día de viaje]. Este itinerario ya de por sí tuvo su interés. No puedo negar que me sorprendió el estado de los edificios, sobre todo el de un hospital en el que las ventanas rotas eran cubiertas con plásticos; tampoco que se apoderó de mí cierta tristeza. La utopía de la igualdad social no deja de ser noble.

En este barrio de La Habana no solo hay paredes desconchadas, como nos muestran de manera romántica postales y películas, algunos edificios, incapaces de mantenerse en pie, se han desplomado. Las casas señoriales que pasaron a manos del pueblo tras la Revolución sin perder su encanto aparentan reflejar la resignación de muchos ciudadanos. Según nos contó el taxista, un cubano gana una media de 25 dólares al mes de manera que la pintura es un lujo.

Eso no quiere decir que la gente no tenga para comer. Además de la cartilla de racionamiento, que por lo pronto se mantiene, aunque parece que no por mucho tiempo, en Cuba existe una especie de doble mercado. Uno es el interno, en el que se pueden comprar los productos básicos a un precio muy asequible y cuya moneda es el peso cubano; el otro es el exterior, con precios internacionales y en el que se paga con pesos convertibles, una divisa equivalente a 25 pesos cubanos y cuyo valor es el del dólar. La pintura, y utensilios como los cepillos de dientes, tal y como comprobaríamos más adelante, al ser productos importados se pagan con la segunda moneda y son demasiado caros para los salarios cubanos.

Pasear por Centro Habana por la noche, sin apenas iluminación debido a la escasez de petróleo para producir energía y sin escaparates que inciten al consumo, me recuerda que una ciudad que profesara el decrecimiento sería precisamente así. También llena de gente a cualquier hora que cambia el centro comercial por la conversación con el vecino, de niños que juegan en la calle en lugar de engancharse al último videojuego o de señores camino de una tarde de pesca y no echando horas extras en el trabajo para pagar la hipoteca. De una manera o de otra en estas calles se practica el tan añorado ocio creativo de los ecologistas.

Y aún así la llegada nos impactó. Cuando el taxi nos dejó frente a una pared sin ventanas en las que no se adivinaba la existencia de ningún hostal y cuya puerta dejaba entrever un pasillo polvoriento y mal iluminado, no nos imaginábamos que la casa en la que nos íbamos a quedar sería tan acogedora. Aquí viven dos señoras y un joven orgulloso de sus raíces españolas. De ellos ya hablaré con más tranquilidad más adelante. Por lo demás, cierta sensación de la Cartagena antigua de mi infancia, techos altos y corredores interminables, como esos que pasaba trotando en la casa de mis abuelos cuando me mandaban a la cocina a por un vaso de agua.

El día ha dado de sí. Tanto que hemos empezado a controlar que los precios suben en un instante para el turista, tanto que hemos visto desde el Malecón cómo el sol se sumergía en un mar rojo y sin barcos. Antes de regresar a descansar hemos decidido tomarnos un ron en un pequeño bar regentado por una pareja. El trago, como pasa en los locales que no están hechos para los turistas, ha sido bastante malo, no así la cortesía y la conversación.  

2 comentarios:

PEDRO EGIO dijo...

Me encantan tus lúcidos comentarios y tu interés constante por los asuntos humanos, por las cuestiones más centrales de ese animal social que somos, tantas veces oscurecidas y desfiguradas por el mismo hombre, con particulares intenciones;
pero tú buscas la transparencia y eso me parece que es lo que todos debíamos hacer; Pedro Egio

Carlos Egio dijo...

Debe ser que tuve un buen maestro.