martes, 5 de julio de 2011

De vuelta al Caribe Colombiano

Nada más salir del aeropuerto de Montería, tras echarle un último vistazo al pequeño avión de hélices que nos trajo hasta aquí, me di cuenta de que había llegado a otra Colombia. Tras un año en los Andes ya casi me parecía que el mundo entero giraba al ritmo ajetreado de los paisas, entre autobuses desesperados por llegar a su destino a cualquier precio y personas que hacen del trabajo el centro de sus vidas. 
Las planicies del Caribe transmiten una sensación bien distinta. Por las carreteras las bicicletas transitan lentamente, como si lo de menos fuera llegar a su destino, como si hubiera que disfrutar del camino. Aquí, en cierto modo, el ambiente recuerda más al de Cuba que al de los verdes valles de Antioquia, y por diversas razones: la cadencia al hablar, los colores de piel, el descuido que acecha a las construcciones comunes... Es como si existiera una nación caribeña más allá de los estados que bordean este mar.
Un autobús que supuestamente pasaba cada siete minutos nos recogió a los cuarenta para llevarnos a la terminal de transporte y de allí otro, que se detenía cada pocos metros para intentar atraer más pasajeros, nos trajo al Porvenir, uno de los corregimientos de Coveñas. Una vez aquí las calles de tierra y las mecedoras en las puertas me empezaron a evocar aquella costa que conocí hace dos años en Urabá, en mi primer viaje a Colombia; una puerta de entrada que compartí con los primeros españoles que pisaron el continente. Una zona que comparte con Coveñas las desigualdades de la región. 
Siendo este el lugar en el que desemboca uno de los oleoductos del país, al que van a suministrarse de petróleo barcos de todo el mundo, los vecinos, que se enfrentan a un peligro de derrame, no cuentan con un acueducto que les provea de agua potable. Es más, solo disponen de agua cada tres días y mientras deben surtirse de lo que recogen de la lluvia y lo que arrancan a la tierra mediante "motobombas". Parece que es más fácil saciar a los petroleros que a unas pocas familias.
Una vez acogidos en la casa de los tíos de Ana, donde como siempre nos atendieron con toda la amabilidad del mundo, decidimos acercarnos al mar. Éste es un Caribe para colombianos, alejado de los grandes complejos hoteleros y de los ojos entrometidos de los turistas. 
Aunque en el Porvenir las aguas no son de un transparente turquesa, como nos promete la publicidad, los cocoteros y la vegetación tupida hasta la orilla del mar, entre la que solo se asoman unas cuantas casas como lanzadas al azar sobre la costa, se encargan de recordarnos que seguimos en el Trópico. Como también lo hacen las lluvias repentinas e intensas que tan rápido como vienen se van convirtiendo a su paso los caminos en ríos, los atardeceres sobre el mar de un rojo intenso, las iguanas en las palmeras y los pájaros de colores tan diversos como sus propios cantos.
Poco antes de acostarnos, empezó una tempestad que no paró en toda la noche. Los truenos, algunos de los cuales hacían retumbar la cama, se sucedieron a intervalos de unos pocos segundos mientras que las nubes se desplomaban sobre el tejado de la casa. 
Ante un panorama así deja de extrañar que el camino de Montería a la costa esté repleto de pequeñas lagunas, algunas situadas en lugares tan poco comunes como los jardines o los parques de los pueblos; también, que Gabriel García Márquez se imaginara un Macondo en el que llovía durante años. De hecho, gran parte del Caribe colombiano está formado por llanuras inundables que los pobladores originales sabían aprovechar para el cultivo, un conocimiento olvidado por la prepotencia de los conquistadores cegados en su afán por dominar hasta a la misma naturaleza. Por eso, el mundo mestizo que hoy habita en esta región vive amenazado por las crecidas de unos ríos y lagunas que ya dejó de comprender.
Como la lluvia continuó hasta las seis de la mañana tuvimos que aplazar nuestros planes de visitar las Islas de San Bernardo del Viento. A cambio esta tarde intentaremos conocer los manglares de la Ciénaga de la Caimanera.

2 comentarios:

María Espinosa dijo...

Colombia son tantas!! es siempre un placer leer tus relatos, me transportan a esa tierra loca teñida de colores y de sangre que me ha dado mi nacionalidad... y ahora entiendo por que ana no aparece :) disfruten el paseo y besos a los dos

Carlos Egio dijo...

gracias Maru. Espero ser capaz de transmitir al menos una pequeña parte de lo que me hace sentir esta tierra tuya, y ahora un poco mía, tan hermosa como dura.
El paseo lo disfrutamos y ya estamos preparando el siguiente! Un beso.