Después de tener que aplazar nuestra ida el sábado por la tormenta, nuestro objetivo el domingo era claro: debíamos coger una lancha lo más temprano posible para poder visitar las Islas de San Bernardo del Viento. Este pequeño archipiélago coralino forma parte de un parque nacional que habíamos visitado desde Playa Blanca en mi primer viaje a Colombia y al que también pertenecen las Islas del Rosario.
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| La isla de Múcura. Foto: Carlos Egio |
Así que con esa idea nos acercamos a la carretera aquella mañana. Como teníamos prisa el medio de transporte más adecuado era el mototaxi y, como no queríamos esperar a conseguir dos, cogimos uno para ambos. Tres personas en una moto y sin casco podría ser una buena forma de pasar desapercibido en la zona si no fuera porque el pantalón corto, las sandalias y la mochila son seña de identidad del turista.
Una vez en Coveñas cogimos un autobús que nos llevó hasta Tolú, un pueblo que no sé por qué extraña razón me imaginaba similar a las poblaciones turísticas del Mediterráneo pero que mantiene la estética y el ajetreo locales. Calles sin asfaltar y encharcadas, tiendas en las que te pueden vender desde una pieza para el frigorífico hasta dulces de importanción, carritos tirados por bicicletas para los turistas y, como en todo el país, rebusque… mucho rebusque. También bares en los que se reproduce a todo volumen la música que más le gusta a cierta clase media de Medellín: canciones pegadizas de los sesenta, ritmos tropicales y otros estilos de un género aquí conocido como música de peluquería. Algo que me toca sufrir día tras día en mi propia calle.
Con un panorama así lo mejor era encontrar una lancha que nos llevara lo antes posible a las islas. La única opción era contratar un tour aunque eso nos supusiera perder parte del viaje dedicando tiempo de más a cosas sin interés. Y eso nos pasó. Las islas no decepcionan, ofrecen sin recato aguas transparentes con todas las tonalidades del azul en algunas ocasiones tan cristalinas, dependiendo del sustrato y de la luz, que el observador se siente frente a una gran piscina. No solo eso, la vegetación es espesa y está poblada por monos “titíes”, las aves abundan, cada rincón oculta historias de bandidos y piratas y no faltan las curiosidades y las costumbres locales.
El problema es que la excursión contratada dedica demasiado tiempo a visitar la isla de La Palma, antigua morada de un conocido narcotraficante que tras ser expropiada fue reconvertida con todas sus extravagancias en un deprimente zoológico y un hotel de lujo. Que un delincuente sin gusto mantuviera en tan poco espacio y en pésimas condiciones búfalos, flamencos, delfines, tortugas marinas o monos puede en cierto modo entenderse; que el actual dueño del lugar cobre por verlo y no haya mejorado el mantenimiento es otra historia.
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| Dicen que el Islote es la isla más densamente poblada del mundo. Foto: Carlos Egio |
Por el contrario, quedó pendiente el adentrarse en el Islote, la isla más densamente poblada del mundo; apenas 1600 metros cuadrados para 1300 habitantes en un vecindario sobre el nivel del mar que se inunda cuando sube la marea. Un pueblo de calles estrechas con colegio y centro de salud que día tras día intenta ganarle terreno al mar arrojando sobre él escombros.
Afortunadamente muchos de sus habitantes no necesitan irse muy lejos para encontrar trabajo. Casi a un tiro de piedra la isla de Múcura recibe todas las embarcaciones que visitan el archipiélago. Frente a una pequeña playa de aguas cristalinas, que permiten que el sol juegue y haga figuras con la arena blanca, varias mesas de madera cubiertas por toldos hacen de barracones de lujo para cientos de turistas. Alrededor, la actividad de las personas de la zona es ajetreada para intentar convertir cualquier producto en dinero. Dulces de coco, collares, jugos, incluso animales marinos pasan en procesión frente a la mirada distraída del turista… también una variada oferta de masajes, trenzas en unos minutos o visitas guiadas ofrecidas por lugareños de todas las edades.
Múcura desprende colores, los del cielo y los del agua en una gama sin discontinuidad de verdes y azules, los de los puestos de ensaladas de frutas, los de las botellas utilizadas para hacer todo tipo de cócteles, los de los peces que traen los pescadores para vender en ese mismo momento, los verdes de las palmeras y el manglar vistos a través del humo que desprenden las ollas en que son cocinados a leña los platos que saciarán a los visitantes hambrientos de mar… Un colorido que continúa bajo el agua alimentado por corales y peces extravagantes. Esto último tampoco nos lo queríamos perder así que en las dos horas que nos dejaron para visitar la isla alquilamos una lancha y en medio del mar nos dimos un chapuzón con unas gafas de bucear en cuya historia preferimos no indagar.
Cansados por el sol y el baño, la vuelta a la costa no estuvo desprovista de anécdotas. La lancha tuvo que parar un par de veces para ajustar algunas piezas del motor y una tercera para proveer de gasolina a una embarcación poco previsora. Algo habitual según nos contaron más tarde. Además, el regreso a Coveñas fue lento porque la furgoneta que nos llevaba paraba cada pocos minutos a recoger a los trabajadores que terminaban su jornada; vendedores de helados, de refrescos o de collares que se iban ajustando con sus bártulos en rincones en los que no nos imaginábamos que cupiera nadie más.
Después de otra noche frente al mar, al día siguiente regresamos a Medellín. Fueron trece horas de trayecto en las que cada cierto tiempo no podíamos evitar recortar que pocos días antes en esa misma carretera había tenido lugar un ataque de la guerrilla. Eso es Colombia todavía, una naturaleza desbordante tras la que se esconde a veces una violencia silenciosa… pero ya es otra historia…


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