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La Ciénaga de La Caimanera es un estuario marino.
Foto: Carlos Egio |
Camino de la Ciénaga de la Caimanera el paisaje y el ambiente del Caribe empiezan a asemejarse cada vez más al de Senegal. No solo por las construcciones bajas, recientes y de escasa calidad sino también por el estado de las furgonetas que hacen la función de transporte colectivo, muchas de ellas sin luces, con cuerdas amarrando las puertas y con la tapicería destrozada. También contribuye a esta idea el necesario regateo para conseguir pagar cualquier cosa como local y no como turista despistado.
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Gente de la zona vende ostras en una casa flotante
en medio de la ciénaga. Foto: Carlos Egio. |
La ciénaga es un estuario marino rodeado de manglares, bosques formados por diversos tipos de mangle, unos árboles capaces de vivir en contacto con el agua salada. Hace no tanto, antes de que empezaran a ser talados para aprovechar su madera como leña, los manglares cubrían grandes extensiones de las costas tropicales, sobre todo alrededor de la desembocadura de los ríos. El mangle es un árbol peculiar, y no solo por ser capaz de habitar donde habita, sino porque sus ramas caen como largos brazos hasta el agua aferrándose al suelo para reforzar la capacidad de sujeción de sus raíces. Esto hace que en el entramado que forman ramas y raíces se críen muchos de los peces importantes para mantener la pesca en el litoral. Además, estos árboles dan lugar a bosques espesos con galerías cerradas por las que a duras penas pasaba nuestra canoa, ya de por sí inestable, despertando los gritos de los turistas.
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Al atardecer parece un pequeño Amazonas.
Foto: Carlos Egio |
A pesar de que no fuimos a la mejor hora para observar aves salieron a recibirnos algunas garzas. Además, entre la tupida vegetación, que ejerce otra función importante frenando la erosión de la costa, correteaban los cangrejos y montones de ostras se aferraban a las ramas que se sumergían en el agua. La importancia de esa protección del litoral se hizo evidente hace unos años cuando la destrucción del manglar dejó desnuda a la ciudad de Nueva Orleans frente al azote de los huracanes. Pero volviendo a la Caimanera, precisamente de lo que no se veía rastro era de los caimanes que, tras darle nombre, desaparecieron de la mayor parte de la laguna.
El recorrido, lento y tambaleante, pasaba por una cabaña flotante en las que algunas personas de la zona venden helados, cerveza y ostras. Al llegar allí tuvimos la suerte, en realidad azar planificado, de poder contemplar el atardecer. En ese momento, desde las barandas de madera la ciénaga parece un pequeño Amazonas caribeño.
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