15 de agosto de 2011
Aeropuerto de Nuquí
Puedo afirmar que estamos en un aeropuerto porque de vez en cuando se escucha el zumbido de una avioneta despegando pero el ambiente que nos rodea me recuerda más al del puerto de Turbo o al de una estación de autobuses que a una instalación de este tipo. El recinto, una sala partida en dos por mostradores de madera no es mayor que el salón grande de una casa. Cada cierto tiempo se anuncia a gritos la llegada de un vuelo, aunque en realidad no es necesario puesto que los aviones aterrizan a unos pocos metros del lugar de espera.
Más cercano al aeropuerto de Saint Louis, ciudad fronteriza al norte de Senegal, que al de cualquier otra ciudad colombiana que haya visitado, este recinto está acorde con el ambiente que se respira en Nuquí. Como ya he comentado, el Chocó es afro, orgullosamente afro, al menos junto a la costa donde, aunque en muchos casos hay otras necesidades por cubrir, no se pasa hambre cuando el pescado abunda y las frutas surgen de la tierra con facilidad; sin embargo, en el interior de sus selvas, junto a sus ríos, es indígena por lo que, si descontamos a unos cuantos turistas de paso, se ven más indios que blancos o mestizos por sus calles.
Durante siglos la población afrodescendiente o directamente africana al conquistar su libertad huía a aquellos lugares inhóspitos para los conquistadores. Estos coincidían con las regiones ancestrales de los indígenas y eso generó y aún todavía genera conflictos entre ambas poblaciones. Pero Nuquí es sobre todo africana y eso se nota en el ritmo de sus calles, en sus artesanías y en la música que mana de los bares.
A uno de sus embarcaderos llegamos cansados y empapados después de un largo viaje en lancha en el que una y otra vez nos deteníamos esperando ver surgir el chorro de agua de una ballena. Gran parte del trayecto lo pasamos resignados a nuestra mala suerte desde que un pescador que faenaba solo en medio del mar nos dijera que ese día no había visto ningún cetáceo ni esperaba verlo. Las condiciones eran óptimas con un agua calmada y un cielo despejado pero la naturaleza es difícil de predecir.
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| Foto: Carlos Egio |
Sin embargo, cuando la lancha ya enfilaba decidida a Nuquí, el patrón soltó orgulloso un “mírala”. Emocionados nos acercamos delicadamente a un lomo oscuro que surgía y se sumergía acompasadamente para descubrir que se trataba de una yubarta junto a su ballenato recién nacido. Casi sigilosa, sin exhibirse, como al parecen hacen los machos, nos dejó contemplarla unos segundos, escuchar su respiración como un bufido esporádico.
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| Foto: Carlos Egio |
En ese momento, flotando en una pequeña barca en medio del Pacífico con las verdes montañas del Chocó a lo lejos recordé una vez más por qué hace años decidí estudiar Ciencias Ambientales y por qué a pesar de haberme dedicado a tantos oficios diferentes entre sí siempre he intentado que el medio ambiente sea una constante en mi trabajo. También pensé que no era casualidad que entre las primeras grandes batallas de Greenpeace, junto al fin de las pruebas nucleares, estuviera la moratoria en la caza comercial de ballenas, unos seres especiales, casi ficticios, que con razón han despertado durante siglos la imaginación de navegantes y escritores y que hacen de nuestro planeta un lugar aún más digno de ser habitado.
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| Foto: Carlos Egio |




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