martes 16 de agosto de 2011

El Parque Nacional de la Ensenada de Utría: selva, manglares y un refugio para las ballenas

13 de agosto de 2011
Ensenada de Utría

Esta noche las olas se agitan más suaves y el sonido dominante es el sordo chocar de las gotas de lluvia contra las hojas. Como un coro acompañan de fondo los insectos y animales de la selva húmeda tropical, y no es de extrañar cuando por la zona campan a sus anchas más de 270 especies de aves, además de osos hormigueros, perezosos, tigres, nutrias, monos como los micos de noche, araña y aulladores negros, u otros animales menos simpáticos como las serpientes terrestres y marinas, los caimanes o varias especies de ranas venenosas. Quizá por eso no nos dejan alejarnos del lugar en el que nos alojamos más de 200 metros. Sin embargo, no nos sentimos encerrados porque al frente tenemos la Ensenada de Utría, accidente geográfico que le da nombre a este parque nacional y espacio de cría de las ballenas yubarta, de entre todos los animales que he citado el que nos ha traído hasta aquí.
Esta mañana salimos de la Estación Septiembre como teníamos previsto. Tras recorrer unos kilómetros de selva siguiendo a Cholo, nuestro guía, llegamos a un manglar en el que debía recogernos una lancha. Digo “debía recogernos” porque por una vez quisimos que nuestro viaje estuviera organizado de antemano. Y no porque el lugar fuera inaccesible sino porque nos enteramos de que había un operador turístico manejado por gente de la comunidad y queríamos conocer su trabajo, además de aportar al fomento del ecoturismo en este rincón de Colombia todavía poco visitado.

Llegando a la ensenada tras Cholo. Foto: Carlos Egio.
Veinte minutos después de lo previsto, pero antes de que subiera la marea, la embarcación nos recogió junto a tres jóvenes franceses que esperaban aburridos desde mucho antes. Al recorrer la ensenada, un estrecho lago de agua salada separado del mar por un brazo montañoso y protegido en su entrada por varias islas, todo repleto de selva, entendimos por qué las yubarta nadan desde la Antártida hasta aquí para tener sus crías. Lo demás ya lo he descrito en otros lugares, agua verde esmeralda y montañas de un verde brillante.
Una vez en el centro de visitantes, en el que nos alojamos junto a otra pareja, planificamos a qué dedicar estos días. De nuevo las instalaciones y el lugar son espectaculares pero faltan la electricidad y el agua potable, aunque lo cierto es que lo primero no se echa de menos y lo segundo se soluciona hirviendo.

La ensenada de Utría desde el centro de visitantes. Foto: Carlos Egio.
A las ballenas las intentaremos ver mañana así que la tarde fue para nadar y visitar el manglar con Toño, uno de los guías del parque. Montados en una canoa de madera nos deslizamos entre garzas y esos extraños árboles capaces de vivir en agua salobre. Llegados a cierto punto buceamos entre peces amarillos agarrándonos al retorcido entramado de raíces para no dejarnos llevar por la marea que empezaba a bajar. Ya de vuelta lo más destacado fue una elegante raya que volaba bajo el agua mostrando un dorso negro repleto de lunares blancos.
A la hora de la cena conversamos sobre la difícil situación de unos pueblos en los que descendientes de los esclavos tuvieron que convivir primero con las guerrillas y luego con paramilitares y narcotraficantes. A pesar de todo hoy día se mantienen tradiciones únicas como los cantos a los difuntos e iniciativas locales como Mano Cambiada, el operador turístico que contratamos y sobre el que intentaré escribir mañana.