14 de agosto de 2011
Ensenada de Utría
Hoy nos levantamos temprano para poder salir en lancha a intentar ver ballenas con los otros dos visitantes que pernoctan en el parque. Sin embargo el Chocó quiso demostrar por qué es la región más húmeda del mundo. La lluvia que me acompañaba cuando escribía anoche, la misma que me sigue acompañando mientras lo hago ahora mismo, se intensificó y se convirtió en un aguacero que parecía no tener fin. Durante casi cinco horas el cielo se desplomó sin que pareciera que en algún momento fuera a decaer su intensidad. Así que nos tocó armarnos de paciencia y pasar la mañana leyendo, escribiendo o simplemente dormitando en la hamaca.
Cuando llegó la hora del almuerzo el panorama había mejorado de modo que, después de comer nuestro quinto pescado en tres días, nos dispusimos a buscar la ballena como unos capitanes Ahab en prácticas. En apenas unos minutos la pequeña lancha nos llevó a los seis pasajeros, contando a Toño el guía y al patrón José Manuel, fuera de la ensenada. A cientos de metros la costa montañosa del Chocó parece tapizada por un mar de brócolis, la selva invade cualquier rincón, incluidas pequeñas islas que emergen como bonsáis flotantes.
Para nuestra desgracia, puesto que salvo el capitán todos éramos marineros inexpertos, la tormenta de la mañana había dejado el mar agitado y la pequeña barca no dejaba de subir y bajar entre grandes ondulaciones de un azul metalizado. Poco a poco, a medida que los minutos dejaban paso a las horas, la ilusión por ver a los cetáceos iba dejando paso a las ganas de volver a tierra para terminar con el mareo. Pero José Manuel es una persona persistente convencida de que debe hacer bien su trabajo, así que nos llevó de un lugar habitual de paso de ballenas a otro.
Y la insistencia dio su fruto aunque de una manera modesta. A lo lejos vimos elevarse un chorro de agua expulsado por una yubarta al salir a la superficie. Aunque nuestra embarcación lo siguió lo más rápido posible desapareció antes de que pudiéramos acercarnos. Se trataba, según nos dijo el ojo experto, de una madre con su cría recién nacida que huía de nuestro contacto para protegerla.
Entendida la situación decidimos volver a tierra, al fin al cabo un alivio, pensando que mañana camino de Nuquí, de donde despega nuestro avión, tendríamos una nueva oportunidad.
Al llegar a la playa, a pesar del mareo, nos quedaban ganas de mar así que Ana y yo cogimos una canoa de madera para atravesar la ensenada y visitar una cascada que vierte sus aguas en la orilla opuesta. Seguro que alguien más experimentado hubiera llegado en menos tiempo, y en línea recta, pero alcanzar la meta propuesta nos dejó sensación de triunfo; eso y un baño en las aguas frías que nacían de la roca entre árboles gigantes y palmeras.
Por las noches continuamos conversando con la gente de Mano Cambiada sobre esta región dominada por los descendientes de los esclavos que trajeron los españoles.


2 comentarios:
me encanta el sonido de la lluvia! y me hace ilusion llegar a esos sitios mágicos a los cuales la mayoría de los colombianos mismos nunca ni siquiera han pensado.
Gracias por tus crónicas, están llenas de sensaciones!
Las sensaciones que transmite el Chocó... que ya se ha convertido en uno de mis lugares a los que siempre volver. Cuando estemos en España nos tenéis que visitar, me gustaría enseñaros y que acampáramos en algunos rincones de la costa de Murcia y Almería que transmiten una sensación de soledad parecida en invierno y primavera. La diferencia... desierto en lugar de selva y un mar de un azul oscuro en lugar de un océano rugiente.
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