lunes, 15 de agosto de 2011

Primer día en el Chocó, en busca de las tortugas golfinas

12 de agosto 
Playa Cuevita
Estación Septiembre

Escuchando el rugido de las olas desde nuestra cama no dejo de pensar que quien le puso "Pacífico" a este océano no sabía lo que hacía. Hoy ha sido un día largo, en apenas 25 minutos pasamos del centro de Medellín a la costa del Chocó, una de las regiones más lluviosas del mundo y una selva que contribuye en gran medida a que Colombia sea el segundo país más biodiverso del mundo.

Pero para mí el gran protagonista del día no ha sido la selva sino el océano. El encuentro con esa gran masa de agua gris en continuo movimiento incluso ha dejado en un segundo plano a la cultura costeña: los coches convertidos en pequeñas chivas, las calles sin asfaltar, el pescado y el arroz con coco, los niños jugando a navegar en un barco imaginario montados sobre una hamaca…

Desde que por la tarde empezáramos a recorrer los cinco kilómetros de playa que separan el corregimiento del Valle del tortugario en el que nos alojamos  me ha embargado una sensación: hasta hoy no había conocido el mar. Hoy me he sentido privilegiado caminando por estas playas donde la naturaleza aún puede conocerse en una relación casi íntima. Sabiendo que es temporada alta en España, que por la mayor parte del litoral es difícil moverse sin esquivar sombrillas –aunque no me olvido rincones de Murcia como Cala Aguilar-, me asombra caminar varios kilómetros por la arena y solo cruzarme con dos lugareños, o que caiga la noche y no haya ni una sola luz en el horizonte porque ni nuestro alojamiento tiene electricidad. Solo hay océano enfrente, a unos 500 metros cuando baja la marea, y selva atrás; además de olas que estallan como truenos y un agitar de aguas que acalla el ajetreo de los animales nocturnos.
Caminando por playa Cuevita. Foto: Carlos Egio
Caminando por la noche en la arena húmeda que abandonó el mar el cielo aparece reflejado bajo los pies y los restos de una ola que se acerca de más asustan cuando nos han contado lo fácilmente que estas aguas pueden arrastrar una vida. Pero es más la vida que surge de ellas y no solo por los peces que son el sustento de estas comunidades, también por las tortugas que de cuando en cuando visitan las playas. De hecho la idea de personas como Eblin y José de la Fundación Caguama es que la curiosidad que despiertan esos animales sirva de una manera sostenible para mejorar la economía de los habitantes del Valle. Por eso salen todas las noches entre julio y octubre para encontrarlas cuando desovan. Si hay suerte y se cruzan con los surcos que dejan en la arena las golfinas, como se las conoce comúnmente, las miden, las marcan y recogen cuidadosamente los más de cien huevos que descansan a varios centímetros de profundidad. La idea es volver a enterrarlos, cultivarlos dicen, en un terreno seguro en la Estación Biológica Septiembre a salvo de las personas que comercian con ellos o que sencillamente los utilizan para alimentarse.

Esta noche les acompañamos en su monitoreo y tuvimos suerte, en apenas unos minutos nos encontramos con un gran ejemplar, una piedra andante que se arrastraba torpe por la arena después de haber desordenado todo a su alrededor para ocultar el lugar en el que depositó los huevos. De cerca parecía un dinosaurio anciano y desengañado. Como José estaba lejos en ese momento, me tocó paralizar a la tortuga mientras Eblin tomaba las mediciones. Cuando la agarré del caparazón tal y como me indicó no sabía que sus aletas rugosas y llenas de verrugas pudieran tener tanta fuerza, hasta el punto de que por un momento me imaginé arrastrado hasta el mar.
José observando la tortuga antes de marcarla. Foto: Carlos Egio
Como mañana nos toca madrugar para llegar andando a través de la selva a la Ensenada de Utría nos volvimos pronto a la estación. Aquí, a pesar de estar en temporada alta, somos los únicos visitantes. Quizá influya la falta de agua potable y electricidad, quizá que no es barato viajar a esta región o puede que sea un pasado complicado demasiado cercano. Por una razón o por otra estamos tentados a sentirnos dueños del paraíso.

Nota: en medio del paraíso hay una señal que nos recuerda que algo no anda bien. Las playas, que no son recorridas una y otra vez por patrullas de limpieza que tranquilicen al turista, están llenas de hileras de pequeños trozos de plástico. Las corrientes del Pacífico repletas de desechos de todo el planeta tienen también sus dosis de basuras reservadas para el Chocó. Otros peligros menos sutiles acechan a este lugar, según nos contaron ya hay en marcha proyectos de macropuertos comerciales y carreteras para unir la zona con el resto del país.