En poco más de una semana volveré a España después
de más de un año viviendo en Colombia. En todo este tiempo he intentado mostrar
a través de este blog la mejor cara de este país increíblemente acogedor con el extranjero. He
descrito con detalle los viajes a la selva, al Caribe, a las montañas; he
querido narrar las costumbres cotidianas que me han asombrado; he tomado las
mejores fotos que he podido intentando plasmar lo que veía y sentía…
Fuera del
blog he compartido momentos inolvidables, unos buenos, otros no tanto, con los amigos que he ido haciendo y
descubriendo. También he trabajado mucho, diría que sobre todo he trabajado, en
un proyecto de participación ambiental con comunidades de los municipios y
corregimientos que rodean la ciudad de Medellín.
He sufrido y disfrutado esta ciudad ya no como
turista sino como un nuevo habitante. He vivido una casa en un bosque como no había
conocido antes. Como decía, he intentado mostrar la cara amable de este país,
no por obligación o gratitud, sino porque existe y es verdaderamente hermosa.
Sin embargo, mi espíritu crítico y mi oficio de
periodista me impiden marcharme sin hablar de una realidad que en la vida
cotidiana de Colombia permanece escondida… pero permanece. Necesito escribir
para ser justo sobre la herida escondida de este país y este continente en el
que la violencia parece no haber descansado desde la conquista, o quién sabe si
desde antes.
Es lo menos que se puede hacer por las víctimas… no
olvidarlas… tenerlas en cuenta…
Este texto está escrito con cariño y procurando
mantener todo el respeto que se merecen un asunto así y unas personas que me
han acogido con los brazos abiertos.
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