Este fin de semana estuve paseando y echando fotos con unos amigos por el paraje del río Chícamo, un lugar especialmente conocido por los naturalistas de la Región de Murcia por su interés geológico, faunístico, botánico y paisajístico. Este pequeño río atraviesa en unos pocos kilómetros por angostos desfiladeros que paradógicamente se han formado con el paso del tiempo, y la insistencia obstinada del fluir del agua, cortando los sedimentos de un cauce fluvial que hace 10 millones de años desembocaba en este mismo lugar. Es decir, lo que ahora es el interior de la región era la costa del Mediterráneo en un tiempo en que los humanos no eran ni siquiera un proyecto -aparecimos hará unos 140.000 años-.
Así que los habitantes de Macisvenda, una pedanía de Abanilla cerca de la cual se puede comenzar esta pequeña ruta, hace rato que se quedaron sin playa y se tienen que contentar con visitar los corales... fósiles. Sin embargo, parece que no la echan en falta los jubilados ingleses y alemanes, más interesados por los baños de sol que por los de mar. Para ellos el clima cálido del lugar en otoño e invierno es más que suficiente para aislarse en estos parajes áridos y aparentemente inhóspitos. Al menos eso indican carteles en los que las casas no se venden sino que están "For sale".
Aunque quizá lo que más llame la atención de este espacio natural, además de los barrancos que atraviesa el río, sea la presencia en sus remansos del fartet, un pez pequeño en peligro de extinción entre cuyas características más curiosas está el ser capaz de vivir tanto en agua dulce como en agua hipersalina. Aunque antes podía encontrarse en casi todos los cauces fluviales del levante, incluidas las acequias de la huerta de Murcia, la degradación de la calidad las aguas, la pérdida de hábitat y la introducción de especies exóticas como la gambusia han hecho que haya quedado relegado a unos pocos reductos en los que a duras penas sobreviven unas exiguas poblaciones.
De hecho, el único cauce continental murciano en el que sobrevive es en el de este humilde cauce fluvial de origen subterráneo. Humilde pero un auténtico oasis en medio de un paraje tan árido que algunos lo conocen como la "Palestina murciana". Desde luego palmeras, cárcavas, sol, olivos y granados no le faltan. De hecho la localidad de Macisvenda vista desde la carretera de regreso al Caserío del Chícamo del que partíamos se asemeja a un pueblo de belén navideño rodeado de montañas peladas.
Pero ahí tenemos una asignatura pendiente los habitantes de la región. Obsesionados con la falta de agua -que luego en realidad queremos para regar los campos de golf de proyectos urbanísticos que ya parecerían horteras en los sesenta- despreciamos los paisajes áridos que nos rodean, cuando estoy seguro de que cualquiera volvería emocionado si los viera exactamente iguales en Túnez o en Egipto. En parte por eso, en parte por la promesa del dinero fácil, a muchos no les ha importado su destrucción e incluso han sido cómplices, y lo seguirán siendo, apoyando a políticos y promotores sin escrúpulos.
El desierto tiene su encanto como puede apreciarse en las últimas fotos de la selección que presento más abajo. Hasta que no nos demos cuenta no nos importará vender nuestra tierra y permitir auténticas salvajadas urbanísticas como el proyecto de Marina de Cope... pero esa ya es otra historia.
Para profundizar:
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