lunes, 9 de enero de 2012

Primer día en Marruecos, atravesando el espejo


Después de cinco días viajando por Marruecos no sé ni por dónde empezar esta pequeña crónica. Es la segunda vez que me adentro en este país y en lugar de darlo por visitado y tachado en el mapa, como me sucede con otros lugares, cada visita hace que me apetezca aún más planear la siguiente.

Lo cierto es que ésta en particular no fue organizada con demasiada antelación. El día anterior al viaje no habíamos decidido todavía, entre los cuatro amigos que participaríamos, si cruzar el estrecho por Melilla o por Ceuta y nuestra principal discusión era si hacer un viaje de naturaleza o cultural. Al final, después de indagar sobre varias opciones, y ante la falta de acuerdo, nos dimos a la improvisación; ayudados, eso sí, por una guía de viaje y un mapa de carreteras que Jose acertadamente compró por su cuenta.

El mismo uno de enero, turnándonos al volante para acostumbrarnos a la conducción del coche de Juan, salimos para llegar justo a tiempo a Almería para coger el ferry de Melilla de las once y media.

Después de recorrer el barco por dentro y ver perderse desde la cubierta las luces de la alcazaba de la ciudad andaluza, que se alejaba como una promesa de lo que nos esperaba, nos metimos en el camarote para discutir una vez más cuál podía ser nuestro primer destino. Entre las posibilidades barajábamos el bajar directamente hasta el desierto y alojarnos en el albergue la Baraka, el pasar el día siguiente en Alhucemas y recorrer con tranquilidad el Rif, o el acercarnos a Fez y conocer sus alrededores. Para no perder la costumbre nos acostamos sin una decisión. Esa noche maldormimos acunados por los inquietantes balanceos del ferry.

Por la mañana nos despertó un mensaje por megafonía con suficiente antelación como para contemplar la llegada a Melilla y un amanecer repleto de azules desde la misma cubierta desde donde habíamos visto alejarse la Península. A nuestro alrededor algunos marroquíes miraban con anhelo aproximarse las murallas de la Ciudad Vieja, quizá pensando que no deja de ser paradójico que una alcazaba árabe sea la última imagen de Europa y una fortaleza cristiana la primera de África.

Una vez en la ciudad autónoma nos encontramos con la hermana de Juan y su pareja, quienes nos dieron algunos consejos útiles para movernos por Marruecos. También compramos agua y, después de intentar cambiar euros por dirham en varios bancos, conseguimos moneda local en un comercio muy conocido en la zona que hace las veces de casa de cambio. Fue curioso comprobar cómo entre frutas y cajas de detergente surgían como por arte de magia fajos de billetes marroquíes.

Cumplida esa parte del protocolo del viajero, nos dirigimos a la frontera, un lugar aparentemente desordenado donde se recrean todas las ideas preconcebidas almacenadas en la imaginación durante años. Es en esta tierra de nadie donde los tópicos cobran vida y se reproducen una y otra vez en escenas que parecen cotidianas para marroquíes y melillenses pero que impactan al que llega por primera vez. Mantas en el suelo ofreciendo cualquier cosa vendible, personas cargadas de bolsas con productos que difícilmente se encuentran al otro lado de la valla, camiones repletos de personas hasta lo inimaginable, basura por todos lados, coches adelantándose entre sí con extrañas maniobras y pitidos espontáneos e individuos que ofrecen los documentos de extranjería a cambio de dinero. Todo sucede muy rápido, todo es estridente.

Afortunadamente sería lo más caótico a lo que nos enfrentaríamos en toda nuestra estancia en Marruecos, así que una vez superada la prueba en cierto modo pudimos relajarnos. Antes, mientras nos acostumbrábamos al tráfico sin normas escritas de los países árabes, decidimos por fin que nos dirigiríamos a Fez. A lo primero nos ayudó que Juan condujera un todoterreno capaz de intimidar hasta a los mismísimos taxistas, a lo segundo un pacto tácito para combinar cultura y naturaleza.

De camino a Fez nos adentramos por la Plaine de Gareb, una seca llanura interior en la que se alternaban junto a la carretera campos de cereal, olivos y matorrales que nos recordaban que no habíamos salido del Mediterráneo. De hecho, esa fue una sensación que nos acompañó todo el viaje; al menos geológica y biológicamente el norte de Marruecos es una especie de imagen especular de la Península Ibérica. En definitiva la cordillera del Rif, que atraviesa gran parte de esta zona del país vecino, no es otra cosa que una continuación de la Cordillera Penibética. Es decir, el sur de España y el norte de Marruecos, aunque separados por el estrecho de Gibraltar, están marcados por la misma formación geológica. De hecho, de confirmarnos esto último se encargaba Mariano que, aficionado a la montaña, no dejaba de identificar paisajes idénticos a rincones que ha recorrido en Andalucía.

Cuando el hambre ya no nos dejaba alternativa paramos en Hassi-Ouenzga, en realidad un montón de casas rodeando la carretera. Allí comimos en el primer lugar que encontramos. Como la zona no es muy turística las personas que nos atendieron no hablaban ni español ni francés así que tuvimos que arreglárnoslas señalando en el fuego lo que nos apetecía comer. Además del tajín, el té moruno y el pan marroquí, la simpatía de los dueños del local –un hombre y una mujer- nos dejó un buen sabor de boca. También ayudó el que la muchacha, siempre risueña, quisiera enseñarnos algunas palabras en árabe señalando las fotografías de nuestra guía de viaje.

Esto último nos sirvió para ser conscientes, por primera vez a través del lenguaje, de lo que nos hemos influido mutuamente durante siglos de conquistas y comercio los vecinos de las dos orillas del Estrecho. En este sentido, nos sorprendió que la palabra “carro” se utilizara en ambos idiomas –luego he leído que es una palabra del árabe marroquí importada del castellano- o que el “ouad”, que ya habíamos leído en varios carteles para señalar los ríos, fuera el origen del “guad” que antecede al nombre de los ríos del sur de España.

Y cada vez más orgullosos del viaje emprendido continuamos por la carretera atravesando la llanura solitaria… solitaria hasta que una imagen nos hizo pensar por un instante que todo había sido una alucinación o un buen sueño. En medio de la nada, sin ciudades ni chalets, nos cruzamos con una modernísima autopista que no aparecía en nuestro mapa de carreteras. Tan moderna que por un momento nos sentimos de nuevo en el Valle del Guadalentín saliendo de Murcia camino de Almería. El paisaje era exactamente el mismo, la carretera idéntica.

Sabiendo que quedaba aún un buen trecho hasta Fez, pensamos que lo mejor sería parar a pasar la noche en una ciudad más cercana pero antes nos desviamos del camino para visitar una vieja kasbah señalada por un cartel en plena autopista. Las kasbah o alcazabas no son otra cosa que recintos fortificados en los que se resguardaban en otro tiempo guarniciones militares; de eso sabemos en España por las que todavía coronan las montañas de Málaga o Almería, incluso en Murcia por los restos de muralla de la que defendía Cartagena rodeando el Parque Torres. En este caso, en estado de ruina, la kasbah había sido aprovechada para levantar en su interior viviendas. Aunque muchas estaban abandonadas y ya no se mantenían en pie, en otras las antenas parabólicas indicaban que quedaban algunas familias habitando entre pedazos de murallas y piedras centenarias.

Como el día había sido largo y empezábamos a estar cansados pasamos poco tiempo más en la carretera y paramos para buscar un lugar donde dormir en la ciudad de Taza. Allí encontramos el hotel Dauphine. Quizá no fuera el mejor alojamiento del mundo pero el precio era muy asequible y, tal y como nos dijimos al día siguiente, a todos nos pareció pasar la mejor noche posible.

No obstante, y aunque ya había anochecido, antes de dormir fuimos a dar una vuelta por la medina, el barrio antiguo de toda ciudad árabe que se precie. Quizá uno de los mayores intereses de Taza es precisamente que al no tener ningún interés en particular no es un foco de atracción turística, por lo que su medina y su zoco mantienen un aire genuino en el que el ajetreo es el de los propios comerciantes y habitantes de la zona y no el de los turistas. Este aspecto también se nota en los precios, mucho menores que los que nos encontraríamos más tarde en Fez.

Allí nos empezamos a acostumbrar a las miradas recelosas de algunos marroquíes que prefieren no salir ni de lejos en las fotografías de los visitantes, a caminar por calles estrechas y poco iluminadas, a los olores y colores de las especias, a los corderos colgando sin piel en las carnicerías, a las decenas de peluquerías abiertas hasta tarde, a las mezquitas vetadas a los occidentales pero con las puertas abiertas invitando a curiosear desde fuera o a las teterías repletas solo de hombres.

Ya nos habíamos acercado a la cultura árabe así que para mantener el equilibrio y contentar los intereses de los cuatro al día siguiente haríamos turismo de naturaleza adentrándonos en el cercano Parque Nacional Tazzeka, aunque de eso ya hablaré en otro post. 


Información útil:
Hotel Dauphine.
Tel: 0035 67 35 67
Place de L'Independence. Taza.
Precio habitación cuádruple: 450 DH (aprox 40 euros / 10 euros por persona). 


Ferry Almería-Melilla
Compañía: Acciona Transmediterránea
http://www.trasmediterranea.es
Precio aproximado por persona en camarote cuádruple: 41 euros.
Precio aproximado por vehículo: 105 euros.