Nuestros teléfonos móviles sonaron varias veces
aquella mañana para despertarnos pero ninguno de nosotros se movió más que para
apagarlos y seguir durmiendo. Después de la mala noche que habíamos pasado en
el ferry, la habitación cuádruple del hotel Dauphine nos pareció una suite de
lujo y nos costaba apartar las sábanas y ponernos en pie, así que la jornada
comenzó una hora después de lo previsto.
Por lo rápido que nos dirigimos a la confitería más
cercana, que ya habíamos visitado la tarde anterior, parecía que nos movía más
el probar los baratísimos dulces marroquíes –algunos hechos imitando el estilo
de los colonizadores franceses- que el adentrarnos en el parque nacional
Tazzeka.
Con el hambre calmada y una vez en el coche no nos
costó demasiado orientarnos y adentrarnos en este paraje natural. Allí nos
esperaban paisajes salpicados de lentiscos, robles, encinas, alcornoques y
sabinas que nos harían sentir como en casa. Pero también al final del día formaciones
de cedros, una conífera de gran tamaño que se empeñaba en recordarnos que
estábamos en el norte de África, en las primeras estribaciones del Atlas Medio,
el comienzo de las cordilleras que marcan Marruecos de Norte a Sur.
A lo largo del camino encontramos las cascadas de Ras
el Ued, pastores y pequeñas aldeas llenas de niños correteando por todas
partes en los que las casas de adobe parecían salir de la tierra para rodear
mezquitas que destacaban por el blanco del encalado. Contrastando con la
religiosidad que evocaban los alminares apuntando al cielo, siempre dispuestos
para llamar a la oración, en uno de los miradores en los que paramos nos
sorprendió descubrir decenas de botellas de cerveza vacías esparcidas por el
suelo. Prohibida por el Islam la ingesta de alcohol parece ser un vicio oculto
que se practica en secreto en Marruecos.
Siguiendo la ruta prevista, a lo largo del camino,
nos cruzamos con más niños todavía: cuidando el ganado, jugando al fútbol en
las afueras de las aldeas e incluso pidiéndonos algún regalo con la mirada
cuando nos deteníamos a hacer alguna foto. El campo marroquí, ese día bañado
por un sol solitario en un cielo sin nubes, es joven como debía serlo el campo
español hace cincuenta años.
Pero lo más llamativo del día no tuvo lugar a la luz
de ese sol sino bajo la superficie. La composición calcárea de la roca, como
sucede en la Sierra del Segura, forma en este macizo un paisaje kárstico
propicio para la presencia de grandes grutas. Aunque al parecer hay otras que
resultan más entretenidas para los aficionados a la espeleología, para los
turistas están bien adecuados los primeros tres kilómetros de la sima del
Friouato. En el recorrido semicircular que surca el parque nos la encontramos
señalizada a la derecha a los pocos kilómetros de comenzar una gran llanura.
Como la zona está muy poco poblada nos sorprendió que
frente a la entrada de la cueva hubiera un pequeño centro de información turística coronado
por una humilde cafetería con terraza. Allí pudimos contratar por unos pocos
dirham a un guía que nos acompañó por las entrañas de la tierra.
El comienzo del itinerario resulta muy curioso
porque, tras atravesar una puerta que parece no llevar a ningún lado, empieza a bajarse por una escalera de piedra hasta salir a una gran cavidad. Desde allí se veía un
camino repleto de escalones hasta el fondo –quinientos según nos dijo el guía,
quinientos cuatro según Mariano- a través de una gran sima que podía tener unos
doscientos metros de profundidad y por cuya abertura entraba ya lejana la luz
del sol sobre nuestras cabezas. Tras bajar el largo trayecto zigzagueante se
llegaba a un agujero estrecho por el que había que reptar y que ocultaba las
grandes salas que íbamos a encontrar al otro lado.
Durante los tres kilómetros de estalactitas, estalagmitas,
paredes goteantes y charcas subterráneas fuimos conociendo los secretos de
aquellas profundidades en un curioso diálogo con nuestro anfitrión en el que
parecía no tener demasiada importancia no hablar el mismo idioma. Algunas
estancias se asemejaban a naves centrales de originales catedrales góticas con
extrañas formaciones que incluso parecían imitar órganos de tubos, y nos pareció
ver, entre las sombras que originaba la luz de las linternas contra las paredes,
caballos, dragones e incluso tartas de cumpleaños. Según nos comentó el guía, algunas salas
podían tener hasta setenta metros de altura por lo que uno podía imaginarse
tres cuartas partes de torre de la catedral de Murcia levantadas en su
interior.
Aunque el camino no resultaba demasiado difícil, para
completar la visita en algunos momentos nos tocó hacer equilibrios sobre tablones
para atravesar los lugares más encharcados. Pero sin duda la experiencia mereció
la pena.
A la salida, tras remontar los quinientos escalones
de rigor –o quinientos cuatro-, nos repusimos con un té moruno en la terraza,
curiosamente con reggaeton sonando en una vieja radio. De vuelta al coche
terminamos el recorrido por el parque nacional, no sin antes parar en una de
las curvas de la carretera para contemplar tranquilamente la nieve en algunas
de las cumbres que se adentran aún más en el Atlas. Después vino de nuevo la
autopista que retomaríamos para pasar esa noche en Fez.
Llegar a esta ciudad considerada centro religioso y
cultural de Marruecos fue para nosotros como adentrarnos en un mundo distinto.
Como era tarde decidimos buscar uno de los hoteles baratos que señalaba la guía
en una de las grandes avenidas de la ciudad nueva en lugar de adentrarnos por
las callejas de la medina. Al final ni fue tan sencillo encontrarlo como
pensábamos ni era tan barato así que en su lugar subimos de categoría y,
cansados de dar vueltas, nos alojamos en el hotel Sofía. Sus cuatro estrellas
no eran equivalentes a las que hubiéramos encontrado en España pero
afortunadamente el precio tampoco. Por poco más de diez euros cada uno, nos
alojamos en dos habitaciones dobles bastante cómodas.
En cuanto al ambiente que se respiraba aquella noche
en la Ville Nouvelle, la parte de la ciudad que los franceses construyeron
durante el protectorado imitando los bulevares y grandes avenidas ordenadas de
sus ciudades, este distaba mucho de lo que al día siguiente nos encontraríamos
en la medina. Mujeres con vaqueros y sin velo, y parejas de novios en los
bancos, nos mostraban una vez más que cualquier ciudad esconde muchas otras en
su interior. Eso sí, lo los salones de té se encontraban como siempre repletos únicamente
de hombres.
Aquella noche disfrutamos como nunca de una cerveza
en un bar de hotel que entre humo y personas solitarias en la barra parecía
evocar películas de espías e intriga en la Segunda Guerra Mundial.
Información útil:
Parque Nacional Tazzeka.
Lo mejor es seguir la carretera local S311, que
parte de Taza
y que regresa, después de completar un semicírculo,
a la autopista
de Fez.
Hotel Sofía.
Avenida Hassan II. Fez.
Precio de dos habitaciones dobles: 1000 dirham.
(90 euros en total aprox., 23 euros por persona
aprox.).
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada