viernes, 20 de enero de 2012

Tercer día, callejeando por la ciudad imperial I


A Fez habíamos llegado ya con muchas historias de familiares y amigos convertidas, después de mucho conversarlas, en prejuicios y fantasmas. Todas coincidían en un aspecto: como se trata de una de las ciudades más conocidas de Marruecos, muchos de los habitantes de las zonas más visitadas basan su economía en lo que pueden sacar de una manera o de otra de los turistas, por lo que los vendedores y guías, ya de por sí insistentes en cualquier lugar, se muestren aquí especialmente pertinaces –por no decir “cansinos”– a la hora de ofrecer sus productos o servicios. 

Quizá esa fue una de las razones que nos hizo inclinarnos por contratar a un guía para adentrarnos en la medina y que nos llevara, al menos por la mañana, por los lugares más curiosos de unas calles –más de 9.400– que ya en los mapas se nos antojaban un laberinto. Lo cierto es que no fue demasiado difícil dar con él. En cuanto pusimos un pie frente a Bad Boujloud, la puerta principal de la medina vieja, ya teníamos a Mohamed intentando convencernos de que no existía otra manera de visitar la ciudad más que siguiendo sus consejos.

Lo de menos fue que nos enseñara un carnet amarillento y raído que supuestamente le acreditaba como guía oficial, o que tras regatear sacáramos por 150 dirham sus servicios –apenas cuatro euros cada uno–; lo cierto es que de alguna manera a pesar de su insistencia nos inspiró confianza. Con cara de aburrimiento aguantó de mal humor que  nos apartáramos un momento para terminar de decidir entre los cuatro.

Una vez cerrado el trato, nuestro nuevo anfitrión temporal no permitió que le pagáramos por adelantado, advirtiéndonos que no debíamos ser tan confiados porque otra persona menos honesta que él podría haber aceptado y desaparecido con facilidad con el dinero. Unos momentos antes de empezar con la visita nos dio una serie de indicaciones como echar fotos directamente solo a quién él nos indicara explícitamente.

Dicho esto comenzamos una vertiginosa visita por Fez el Bali, la medina vieja. Y es que si las ciudades marroquíes se dividen normalmente en dos partes, la medina y la ciudad nueva –esta última diseñada en el siglo XX por los colonizadores europeos–, Fez, la más antigua de las ciudades imperiales, lo hace en tres: Fez el Bali, o la medina vieja; Fez el Jedid, llamada la nueva –lo que no debe llevar a engaño porque comenzó a levantarse en el siglo XIII–, y la Ville Nouvelle, construida ordenadamente por los franceses en el siglo XX.

Desde ese momento lo que más vimos de nuestro guía fue la espalda, rigurosamente tapada por una chilaba, mientras avanzaba seguro por calles y callejas y nos animaba a seguirlo presuroso. Eso no impidió que se detuviera en todos los puntos que consideraba de interés lanzando comentarios certeros como dagas que pretendían acabar con nuestra curiosidad para finalizar lo antes posible su trabajo sin incumplir el itinerario pactado. Tampoco dudaba en indicarnos los mejores ángulos para las fotografías, rompiendo de paso la ilusión de conseguir una perspectiva original de objetos y escenarios captados millones de veces por fotógrafos aficionados y profesionales.

“Una ciudad de colores, olores y sonidos”

Mohamed avanzaba delante de nosotros como una especie de buque rompehielos apartando con la mirada a los vendedores que desde lejos nos veían como una potencial fuente de ingresos. Así pasaron ante nuestros ojos miles de tenderetes clónicos, fuentes de azulejos, edificios polvorientos de vigas talladas magistralmente, calles por las que apenas cabría una persona de lado, hilos de colores, puertas de palacios que debían ocultar riquezas o decadencia, zocos de ropa para mujeres, de ropa vieja, tiendas especializadas en la venta de aceitunas… un deambular de vez en cuando interrumpido bruscamente por burros que atravesaban la calle sin bacilar tirados de sus dueños y transportando desde finas telas hasta bombonas de butano. Y es que en las estrechas calles de la medina no están permitidos los vehículos a motor.

La lista de curiosidades que nos ofrecía Fez el Bali era interminable: dentistas tradicionales que anunciaban sus servicios mediante vitrinas llenas de dentaduras postizas; escuelas infantiles en las que un extraño Mickey Mouse convertido al Islam anunciaba que en su interior se enseñaba a niños atentos los versos del Corán por mera repetición, o artesanos trabajando la madera, el mármol o el metal, algunos solitarios y ensimismados en su labor, otros rodeados de manadas de turistas pero intentando mantener a duras penas y con mirada de disgusto su intimidad. Todo circulaba vertiginoso, sazonado con nuevos olores y sonidos, difícil de ser asimilado.

Entre muchas otras, una escena que nos resultó bastante llamativa fue la que tenía lugar en la sala trasera de hammam o baño árabe. Pocas veces pensarán los aficionados a estas saunas que detrás del vapor relajante está el duro trabajo de alimentar continuamente con serrín unas viejas calderas.

Puede parecer extraño pero esas imágenes de la vida cotidiana dejan más huella en el visitante que los grandes monumentos que nadie se debería perder en una ciudad Patrimonio de la Humanidad que desde hace doce siglos es el corazón religioso y cultural de Marruecos. La Madrasa Bou Inania, pomposa y recargada; el curioso Reloj de Agua con un indescifrable mecanismo que marcaba puntualmente las horas en el siglo XIV; el Mausoleo de Moulay Idriss II, o la Mezquita y la Universidad Karauiyin, que con sus catorce puertas y dieciséis naves forman el centro de educación superior más antiguo del occidente mediterráneo, maravillan en su momento pero se entremezclan entre sí en el recuerdo.

Quizá algunas de estos lugares no se luzcan demasiado porque, a diferencia de lo que sucede en otros países musulmanes y turísticos como Turquía, en la mayoría de los centros de culto de Marruecos no está permitido el paso las personas que no profesen esta religión, por lo que los turistas tienen que conformarse con fotografiar el interior desde la puerta. A pesar de eso pudimos contemplar en algún caso el ritual de la ablución, la ceremonia por la cual antes de orar los fieles deben lavarse para purificarse, y por este orden, muñecas, boca, nariz, cara, brazos, cabeza, orejas y pies.

Un momento agradable fue el percibir un cierto toque del sur de España al adentrarnos en el barrio andalusí. Levantado en el siglo IX por 20.000 familias que huían de una matanza llevada a cabo por un emir de Córdoba contra sus propios súbditos, lo primero que llama la atención de este lugar es que las casas, contradiciendo las costumbres del resto de la medina, se muestran extrovertidas con grandes ventanas que dan directamente a la calle, recordando el carácter andaluz.

Si en algún momento nuestro recorrido junto a –o tras– Mohamed se ralentizó fue pagando el tributo que ya nos habían advertido visitando dos tiendas con las que debía tener pactado un reparto de beneficios. No obstante no fue tiempo perdido, una era una antigua farmacia en la que nos mostraron todo tipo esencias, especias y plantas medicinales; la otra un telar artesanal.

Sobre turistas japoneses y curtidores tradicionales

Después de las compras de rigor, nos dirigimos al barrio de los curtidores de Eshouara, una de las estampas más conocidas de Fez. Si a veces las manadas de turistas de los viajes organizados siguiendo a sus guía hacían que nos sintiéramos en un parque temático, ésa sensación se acrecentó en una de las tiendas cuyos balcones dan a esta gigantesca curtiduría al aire libre donde decenas de hombres trabajan y tiñen el cuero metidos en cubetas de ladrillo de todos los colores. Parecía que las ventanas repletas de japoneses curiosos disparando una y otra vez sus cámaras digitales eran máquinas del tiempo desde las que contemplar una práctica que no ha debido variar mucho desde que estas factorías empezaran a funcionar en el siglo XVII:

“El proceso comienza con la llegada de un burro cargado de pieles de oveja, cordero, dromedario o camello a las puertas del Suq, donde los curtidores descargan la mercancía amontonando todos los pellejos en el recinto. El proceso es largo, pasando por varias etapas de las que se encargan los distintos operarios de la curtidería. Siguen utilizando los mismos métodos y procesos milenarios. Primero el trabajo de río, porque allí se curan las pieles, después se engrasan y se las da el color, terminando con el secado al sol sobre los tejados próximos.
El turista puede hacer un seguimiento completo del proceso desde las terrazas de algunas tenerías. Así veremos excavadas en el suelo pequeñas piscinas con sal donde se dejan las pieles aún con pelos, para prepararlas.
Después, tras exponerlas al sol, reciben 3 baños de cal para, seguidamente se les da más consistencia embadurnándolas con orina y excrementos de animal, y finalmente, se sumergen en las tintas dispuestas como una caja de colores, donde se tiñen todas las pieles”[1].

A pesar de todo, las medinas de Fez no son un parque temático; allí viven más de 300.000 personas que pasan su vida entre sus muros, y a poco que el visitante sale de los caminos indicados en las guías lo comprueba. Pero de eso ya hablaré en la segunda parte de esta crónica.  


[1] Información recogida de http://www.greturviajes.com