A
Fez habíamos llegado ya con muchas historias de familiares y amigos
convertidas, después de mucho conversarlas, en prejuicios y fantasmas. Todas
coincidían en un aspecto: como se trata de una de las ciudades más conocidas de
Marruecos, muchos de los habitantes de las zonas más visitadas basan su
economía en lo que pueden sacar de una manera o de otra de los turistas, por lo
que los vendedores y guías, ya de por sí insistentes en cualquier lugar, se muestren
aquí especialmente pertinaces –por no decir “cansinos”– a la hora de ofrecer
sus productos o servicios.
Quizá
esa fue una de las razones que nos hizo inclinarnos por contratar a un guía
para adentrarnos en la medina y que nos llevara, al menos por la mañana, por
los lugares más curiosos de unas calles –más de 9.400– que ya en los mapas se
nos antojaban un laberinto. Lo cierto es que no fue demasiado difícil dar con
él. En cuanto pusimos un pie frente a Bad Boujloud, la puerta principal de la
medina vieja, ya teníamos a Mohamed intentando convencernos de que no existía
otra manera de visitar la ciudad más que siguiendo sus consejos.
Lo
de menos fue que nos enseñara un carnet amarillento y raído que supuestamente
le acreditaba como guía oficial, o que tras regatear sacáramos por 150 dirham
sus servicios –apenas cuatro euros cada uno–; lo cierto es que de alguna manera
a pesar de su insistencia nos inspiró confianza. Con cara de aburrimiento
aguantó de mal humor que nos apartáramos
un momento para terminar de decidir entre los cuatro.
Una
vez cerrado el trato, nuestro nuevo anfitrión temporal no permitió que le
pagáramos por adelantado, advirtiéndonos que no debíamos ser tan confiados
porque otra persona menos honesta que él podría haber aceptado y desaparecido con
facilidad con el dinero. Unos momentos antes de empezar con la visita nos dio
una serie de indicaciones como echar fotos directamente solo a quién él nos indicara
explícitamente.
Dicho
esto comenzamos una vertiginosa visita por Fez el Bali, la medina vieja. Y es
que si las ciudades marroquíes se dividen normalmente en dos partes, la medina
y la ciudad nueva –esta última diseñada en el siglo XX por los colonizadores europeos–,
Fez, la más antigua de las ciudades imperiales, lo hace en tres: Fez el Bali, o
la medina vieja; Fez el Jedid, llamada la nueva –lo que no debe llevar a engaño
porque comenzó a levantarse en el siglo XIII–, y la Ville Nouvelle, construida
ordenadamente por los franceses en el siglo XX.
Desde
ese momento lo que más vimos de nuestro guía fue la espalda, rigurosamente
tapada por una chilaba, mientras avanzaba seguro por calles y callejas y nos
animaba a seguirlo presuroso. Eso no impidió que se detuviera en todos los
puntos que consideraba de interés lanzando comentarios certeros como dagas que
pretendían acabar con nuestra curiosidad para finalizar lo antes posible su
trabajo sin incumplir el itinerario pactado. Tampoco dudaba en indicarnos los
mejores ángulos para las fotografías, rompiendo de paso la ilusión de conseguir
una perspectiva original de objetos y escenarios captados millones de veces por
fotógrafos aficionados y profesionales.
“Una ciudad de colores, olores y
sonidos”
Mohamed
avanzaba delante de nosotros como una especie de buque rompehielos apartando
con la mirada a los vendedores que desde lejos nos veían como una potencial
fuente de ingresos. Así pasaron ante nuestros ojos miles de tenderetes
clónicos, fuentes de azulejos, edificios polvorientos de vigas talladas
magistralmente, calles por las que apenas cabría una persona de lado, hilos de
colores, puertas de palacios que debían ocultar riquezas o decadencia, zocos de
ropa para mujeres, de ropa vieja, tiendas especializadas en la venta de
aceitunas… un deambular de vez en cuando interrumpido bruscamente por burros
que atravesaban la calle sin bacilar tirados de sus dueños y transportando
desde finas telas hasta bombonas de butano. Y es que en las estrechas calles de
la medina no están permitidos los vehículos a motor.
La
lista de curiosidades que nos ofrecía Fez el Bali era interminable: dentistas
tradicionales que anunciaban sus servicios mediante vitrinas llenas de dentaduras
postizas; escuelas infantiles en las que un extraño Mickey Mouse convertido al
Islam anunciaba que en su interior se enseñaba a niños atentos los versos del
Corán por mera repetición, o artesanos trabajando la madera, el mármol o el
metal, algunos solitarios y ensimismados en su labor, otros rodeados de manadas
de turistas pero intentando mantener a duras penas y con mirada de disgusto su
intimidad. Todo circulaba vertiginoso, sazonado con nuevos olores y sonidos, difícil
de ser asimilado.
Entre
muchas otras, una escena que nos resultó bastante llamativa fue la que tenía
lugar en la sala trasera de hammam o baño árabe. Pocas veces pensarán los
aficionados a estas saunas que detrás del vapor relajante está el duro trabajo
de alimentar continuamente con serrín unas viejas calderas.
Puede
parecer extraño pero esas imágenes de la vida cotidiana dejan más huella en el
visitante que los grandes monumentos que nadie se debería perder en una ciudad
Patrimonio de la Humanidad que desde hace doce siglos es el corazón religioso y
cultural de Marruecos. La Madrasa Bou Inania, pomposa y recargada; el curioso
Reloj de Agua con un indescifrable mecanismo que marcaba puntualmente las horas
en el siglo XIV; el Mausoleo de Moulay Idriss II, o la Mezquita y la
Universidad Karauiyin, que con sus catorce puertas y dieciséis naves forman el
centro de educación superior más antiguo del occidente mediterráneo, maravillan
en su momento pero se entremezclan entre sí en el recuerdo.
Quizá
algunas de estos lugares no se luzcan demasiado porque, a diferencia de lo que
sucede en otros países musulmanes y turísticos como Turquía, en la mayoría de
los centros de culto de Marruecos no está permitido el paso las personas que no
profesen esta religión, por lo que los turistas tienen que conformarse con
fotografiar el interior desde la puerta. A pesar de eso pudimos contemplar en
algún caso el ritual de la ablución, la ceremonia por la cual antes de orar los
fieles deben lavarse para purificarse, y por este orden, muñecas, boca, nariz,
cara, brazos, cabeza, orejas y pies.
Un
momento agradable fue el percibir un cierto toque del sur de España al
adentrarnos en el barrio andalusí. Levantado en el siglo IX por 20.000 familias
que huían de una matanza llevada a cabo por un emir de Córdoba contra sus
propios súbditos, lo primero que llama la atención de este lugar es que las
casas, contradiciendo las costumbres del resto de la medina, se muestran
extrovertidas con grandes ventanas que dan directamente a la calle, recordando
el carácter andaluz.
Si
en algún momento nuestro recorrido junto a –o tras– Mohamed se ralentizó fue
pagando el tributo que ya nos habían advertido visitando dos tiendas con las
que debía tener pactado un reparto de beneficios. No obstante no fue tiempo
perdido, una era una antigua farmacia en la que nos mostraron todo tipo
esencias, especias y plantas medicinales; la otra un telar artesanal.
Sobre turistas japoneses y curtidores
tradicionales
Después
de las compras de rigor, nos dirigimos al barrio de los curtidores de Eshouara,
una de las estampas más conocidas de Fez. Si a veces las manadas de turistas de
los viajes organizados siguiendo a sus guía hacían que nos sintiéramos en un
parque temático, ésa sensación se acrecentó en una de las tiendas cuyos balcones
dan a esta gigantesca curtiduría al aire libre donde decenas de hombres
trabajan y tiñen el cuero metidos en cubetas de ladrillo de todos los colores.
Parecía que las ventanas repletas de japoneses curiosos disparando una y otra
vez sus cámaras digitales eran máquinas del tiempo desde las que contemplar una
práctica que no ha debido variar mucho desde que estas factorías empezaran a
funcionar en el siglo XVII:
“El proceso comienza
con la llegada de un burro cargado de pieles de oveja, cordero, dromedario o
camello a las puertas del Suq, donde los curtidores descargan la mercancía
amontonando todos los pellejos en el recinto. El proceso es largo, pasando por
varias etapas de las que se encargan los distintos operarios de la curtidería.
Siguen utilizando los mismos métodos y procesos milenarios.
Primero el trabajo de río, porque allí se curan las pieles, después se engrasan
y se las da el color, terminando con el secado al sol sobre los tejados
próximos.
El turista puede hacer
un seguimiento completo del proceso desde las terrazas de
algunas tenerías. Así veremos excavadas en el suelo pequeñas piscinas con sal
donde se dejan las pieles aún con pelos, para prepararlas.
Después, tras exponerlas al sol, reciben 3 baños de
cal para, seguidamente se les da más consistencia embadurnándolas con orina
y excrementos de animal, y
finalmente, se sumergen en las tintas dispuestas como una caja de colores,
donde se tiñen todas las pieles”[1].
A
pesar de todo, las medinas de Fez no son un parque temático; allí viven más de
300.000 personas que pasan su vida entre sus muros, y a poco que el visitante
sale de los caminos indicados en las guías lo comprueba. Pero de eso ya hablaré
en la segunda parte de esta crónica.
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