lunes, 20 de febrero de 2012

Chaouen, el azul que anuncia el mar entre las montañas


Nuestra última jornada completa en Marruecos fue bastante intensa. Aquel día nos adentramos en las montañas del Rif desde el sur para pasar parte de la mañana y la tarde en Chaouen, a pocos kilómetros ya de Ceuta.

En las horas que duró el trayecto, atravesando campos de cereal, de olivos, pasando junto a rebaños de ovejas arreadas por sus pastores, una de las cosas que llamó nuestra atención fue que no había apenas tráfico por las carreteras entre los pueblos y ciudades y que sin embargo los arcenes estaban repletos de personas a pie o a lomos de burros. No es demasiado difícil hacer la analogía y pensar que hace tan solo sesenta años el campo español debía ser similar, casi sin mecanizar, lleno de gente y de animales haciendo el trabajo que ahora hacen las máquinas.

En el interior del norte de Marruecos no hay demasiados vehículos que se usen para el mero ocio, cada camión, cada coche tiene una función clara; ya sea transportar personas o la cosecha. También es curioso, y luego se echa en falta en cuanto se cruza el Estrecho, no sentirse bombardeado por un tiempo por decenas de vallas publicitarias agolpándose unas sobre las otras para llamar la atención del conductor o los pasajeros, taladrando su mente con mensajes directos o subliminales. Lo que rodea al viajero es el paisaje puro y duro, los campos de cereal y de olivos, como decía en la primera entrada, como un espejo Península Ibérica que refleje un calendario atrasado en el tiempo. Olivos, por cierto, apenas podados ni ordenados, formando bosques para contradecir a sus hermanos marciales del otro lado de la imagen especular. 

Al acercarse a Chaouen desde el interior las paredes azules de la ciudad antigua parecen anunciar, bajo las dos grandes montañas que le dan nombre, la cercanía del Mediterráneo. Como un pueblo andaluz teñido de azul, esta localidad parece un adelanto de la Península cercana. Y ese aire no es casual puesto que sus primeros habitantes fueron sobre todo judíos y árabes exiliados de Al-Ándalus que se llevaron con ellos costumbres y arquitectura.

La única vez que había estado en Marruecos antes de este viaje fue tres años atrás y fue precisamente aquí. Como guardaba un buen recuerdo del lugar en el que nos habíamos alojado lo primero que intenté, aunque no me acordaba del nombre, fue localizarlo. No fue difícil, en cuanto entramos a las calles de la ciudad nueva, viejas imágenes empezaron a asaltarme y pude indicar con facilidad el camino.

Se trataba del hotel Goa, junto a una de las puertas de entrada a la medina. Propiedad de unos hippies franceses, este lugar es una buena opción para pasar la noche, e incluso la tarde en una terraza desde la que se contempla todo el pueblo. En la decoración destacan los motivos hindúes y el ambiente es relajado. Además, Pascal, el dueño, es conocido en todo Chaouen y recomienda buenos lugares en los que comer y comprar artículos de la zona a un precio razonable.

A todos les pareció un buen lugar así que dejamos allí las cosas y nos fuimos directamente a comer un cus cús en el bar Los Amigos. Pascal nos dijo que era un sitio fiable, bueno y barato… y así fue. El establecimiento, metido en la muralla de la medina y con una puerta a cada lado de ésta, no llama en un primer momento la atención pero la comida es muy buena y el dueño muy amable. Sin dudarlo, accedió a la petición de Jose y le mostró el ritual para la elaboración del té moruno. Lo único inquietante del negocio es un extraño dibujo del Pájaro Loco que preside su cartel.

Un encuentro con el Rif que no ve el turista en Chaouen
Después de varios días de viaje, nuestro paso por Chaouen no era muy ambicioso; los únicos objetivos eran el callejeo tranquilo y la compra de artesanía marroquí. Quizá por eso nuestro mejor momento, y sin duda el más memorable, fue en una tienda que recordaba con cariño de mi viaje anterior. Allí encontró Ana hace tres años justo el bolso que quería después de tres días buscando de local en local, pero además el precio fue muy razonable y el dueño resultó ser una persona muy agradable que nos enseñó el funcionamiento del antiguo telar y con el que estuvimos un buen rato charlando.

La tienda, ahora de Habib, está solo a unos metros del hotel Goa y del bar Los Amigos. Lo cierto es que, a pesar de nuestro breve paso por allí, me dio pena cuando el nuevo tendero me comentó que el señor con el que habíamos conversado murió meses atrás. Pero sin duda dejó un digno sucesor que mantiene el espíritu del negocio.

Después del regateo, más tranquilo y regado de sonrisas de lo habitual, Habib salvó las ventas de la tarde por lo que, una vez terminada la contienda comercial, en lugar de despedirnos nos invitó a tomar tranquilamente el té. El té… y algo más. En un momento empezó a moverse de un lado para otro por la tienda buscando un lugar en el que nos pudiéramos sentar, algo que sirviera de mesa… incluso sacó una radio que tardó en querer funcionar, entre cables con cinta aislante, y en la que empezó a atronar Camarón de la Isla.

Al parecer, aunque pensara que la crisis económica que sufrimos es un merecido castigo divino por alejarnos de Dios, a Habib le caen bien los españoles. Claro que tampoco esperábamos otra afirmación de un comerciante que principalmente vive del turismo. El hecho es que aquel día, puede que influido por un problema de amores que necesitaba compartir con alguien, nos dedicó toda su atención. Lo cierto es que a través de lo que nos fue contando sobre su propia vida, entre calada y sorbo de té, rodeados de alfombras, cojines de cuero y telas, nos pudimos acercar sigilosamente a una parte de Chaouen y el Rif que queda oculta tras las fachadas recién pintadas y los restaurantes para turistas.

Habib nos contó que de joven –o de más joven porque no tenía ni treinta años– se había dedicado a trapichear con hachís. Eso, como a muchos chicos de la región, le supuso ganar mucho dinero en muy poco tiempo y con poco esfuerzo pero le abrió la puerta de la droga y el alcohol. Afortunadamente él había conseguido escapar de una espiral que sin embargo había atrapado a muchos de sus amigos que ahora, nos decía, estaban enganchados a la heroína. Por lo visto, una historia bastante común en esta zona conocida por su ingente producción de hachís.

Una vez más a lo largo de un viaje surgía la droga como fuente de financiación de la ruptura de una sociedad…

En más de una ocasión Habib nos repitió orgulloso que no solo había conseguido romper con ellas sino que había sido capaz de montar su propio negocio con ayuda de su hermano. Ahora era un hombre piadoso y cercano a Dios, y si ese día estaba bebiendo cerveza, como hizo al final, era por los problemas amorosos de los nos había  hablado al principio.

¿Ciudad típica o parque temático?
Antes y después de nuestro encuentro con Habib nos dedicamos a callejear por este pueblo de cerca de 40.000 habitantes que aún conserva un encanto especial a pesar de que en algunos aspectos empiece a parecer un parque temático de la cultura magrebí. Es cierto que aquí los cafetines de otros lugares han dado paso a las cafeterías, que los locales con oficios artesanales son ahora tiendas con productos clónicos pensados para el turista internacional o que las casas, recién pintadas con ayuda de la cooperación internacional, resplandecen demasiado, pero la vida en las calles y los niños recitando el Corán en las madrazas son auténticos, al igual que las señoras conversando tranquilamente bajo el fresco de la puesta de sol. El decorado artificial quizá deba ser el precio a pagar por la presencia de turistas.

En el lavadero, un rincón que aparece en todas las guías de viaje, algunas señoras se dedicaba a limpiar la ropa mientras varios extranjeros asomados desde el puente que cruza el río las fotografiaban. Causaba un extraño dilema moral el asomarse como uno más atraído por el inenarrable magnetismo de sacar una buena foto, que no exclusiva.

Ésa sensación la he tenido en Colombia en varias ocasiones, uno siente cierta repulsa del turismo de masas quizá porque quiere, con cierto deseo de exclusividad, que los rincones sigan siendo lo más parecidos a como eran originalmente. Sin embargo, al tiempo uno contribuye a desnaturalizar el lugar como una hormiga más del ejército de turistas de clase media que quieren disfrutar de nuevas experiencias y culturas, uno es un guijarro más que unido a otros miles va modificando el curso del río de las costumbres locales. Al final todos volvemos al salón del albergue o del hotel a narrar lo descubierto mientras miramos los ordenadores del resto de huéspedes con desconfianza.

Creo que por eso siempre he sentido envidia de los cronistas de Indias, de aquellas personas que formaban parte de las primeras expediciones españolas a América y cuyo único oficio era contar a los peninsulares el continente que estaban descubriendo a Occidente.

Con estas reflexiones termino las crónicas de este viaje relámpago a Marruecos. Queda poco por contar, al día siguiente compramos artesanías en la carretera, atravesamos la frontera por Ceuta y cogimos el ferry para cruzar el Estrecho. En Algeciras nos esperaban las autopistas para atravesar a toda velocidad el Sur de España y regresar a casa.

Datos de interés:

Hotel Goa
Noche por persona: 60 Dirham
Puede verse un cartel indicador frente a la puerta de la medina conocida como el Bab el Souk.

En la plaza que hay frente a la puerta están el Bar Los Amigos y la tienda de Habib, ambos muy recomendables.