En la entrada anterior me quedé narrando la mañana de nuestro día en Fez. Después de varias horas recorriendo con prisas y sin apenas pausa la ruidosa medina vieja –Fez el Bali-, la última misión de Mohamed fue dejarnos en el restaurante de unos conocidos. Si bien el lugar no era demasiado económico para los precios que sabíamos que podríamos encontrar, el hambre apremiaba y no queríamos empezar la búsqueda de un nuevo sitio y el debate de rigor para escoger el que más nos convenciera a la mayoría. También es cierto que la terraza terminó de decidirnos. Desde la cuarta planta del edificio, que ocupa por completo el negocio, podíamos contemplar toda la ciudad: sus tejados repletos de antenas –omnipresentes en el tercer mundo… hay que huir de la cruda realidad-, las antiguas murallas, unas montañas que recordaban a Granada, la ropa tendida y las callejas formadas por edificios apretados unos contra otros.
Por un momento, el cielo completamente azul y la
luz nos transportaron a casa. No había cambiado el tiempo en toda la mañana
pero las calles estrechas no están hechas para contemplar el horizonte sino para
resguardar del sol intenso del verano, como en las zonas antiguas de las
ciudades y pueblos del sur de España.
Aquella terraza alejada del
ajetreo de la medina nos pareció el lugar perfecto para reponer fuerzas antes
de adentrarnos, esta vez sin compañía, por aquel mundo tan familiar y
desconocido a un tiempo. Entre un par de tés morunos y el correspondiente olor
a hierbabuena, saboreando cus cús, tajine y ensaladas, quizá lo más llamativo fue
escuchar la llamada a la oración en una población plagada de mezquitas. En un
par de ocasiones, como una ola sonora, los rezos fueron extendiéndose por la
ciudad vieja hasta convertirse en un solo murmullo gutural, generando una
atmósfera irreal.
Bien comidos y descansados emprendimos de nuevo
camino. El objetivo que nos marcamos fue llegar al antiguo barrio judio
–conocido como el Mellah– orientándonos intuitivamente. Y avanzamos de nuevo
entre tenderetes de todo tipo, niños corriendo por todas partes y puestos de
artesanos, como los de la Plaza Seffarine, en la que los caldereros trabajan el
cobre rojo. De vez en cuando una mezquita, de vez en cuando el cartel de un
hamman, y tras varias calles una fuente o un anchurón formando una pequeña
plaza[1].
Así, casi sin darnos cuenta, llegamos a una amplia plaza junto a las murallas
en las que termina por el sur Fez el Bali, un espacio que nos recordó aliviados
que el mundo era algo más que laberínticas calles.
A partir de ahí, fuera de la zona más turística, caminamos
por un Fez cotidiano. Jóvenes saliendo del instituto o de centros de formación
profesional, otros jugando al fútbol –siempre el fútbol en cualquier parte del
mundo–, señoras con el carro de la compra y puestos en los que se cocinaba
carne entre grandes bocanadas de humo nos mostraban el verdadero pulso de la
ciudad. También nos cruzamos con un río contaminado que delataba lo que hay
detrás de las grandes aglomeraciones urbanas de los países pobres –no tan
diferente del río Segura de hace quince años–, y con un Mac Donalds que hacía
un guiño al mundo árabe ofreciendo pan pita y hamburguesas de cordero.
Antes de entrar en el Barrio Judío, construido
fuera de la muralla y cuyos balcones de madera gritaban que otra cultura había
levantado sus edificios, nos desviamos para pasear por la medina nueva o Fez el
Jedid –si algo del siglo XIII puede serlo– y comprar dulces. Las abejas entre
las pequeñas delicias de pistacho, miel y dátiles en lugar de espantarnos
parecían certificarnos que merecía la pena probar una nutrida selección.
Allí tuvo lugar una escena sencilla que daba qué
pensar. Una niña de unos ochos años que volvía de la escuela y seguía nuestro
mismo camino empezó a conversarnos sonriente. Resulta al menos llamativo que en
una Europa en la que alardeamos de la seguridad de nuestras calles cada vez sean
menos los padres que dejan a sus hijos salir a jugar sin compañía adulta, mientras
que en los poco iluminados barrios de Fez, que para muchos podrían ser sinónimo
de riesgo, los niños se muevan tranquilos y a sus anchas correteando de un lado
para otro.
De nuevo en la zona hebrea, abandonada hace décadas
por sus pobladores originales, nos dirigimos a la antigua sinagoga. Nos resultó paradójico que fuera una familia musulmana la que se encargara de conservarla y mostrársela
a los curiosos que se acercan por allí. Una de las hijas nos contó en inglés
los curiosos rituales que tenían lugar en su interior hace décadas, como el baño de
purificación de las mujeres. En un pequeño habitáculo bajo la sala principal se
bañaban algunas mientras a través de una falsa losa levantada para la ocasión
contemplaban la escena el resto. Quién diría que en un templo como ese pudieran
darse situaciones con un punto tan “voyeur”…
De vuelta al hotel paramos a echar unas fotos
frente al Palacio Real. En este imponente edificio del siglo XIV, entre
azulejos geométricos verdes y azules –los colores del Islam- y puertas de
bronce, se usa la ostentación más descarada para legitimar el poder.
Para terminar el día, nos tomamos
otro té en la terraza de un salón social lleno solo de hombres en los que el
fútbol una vez más –en este caso el Barça– era el protagonista.
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